miércoles, 28 de noviembre de 2018

Domingo de resurrección



Imagen de Reinaldo Ortega

Sobre la cama apenas soy capaz de levantar los párpados, da igual que el sol diga a través de la ventana que hace un rato largo que es de día. Daría lo que fuera por olvidar las acciones cometidas durante las últimas horas. Sin embargo, mi memoria se ríe de mí, insiste en que que me recree sin contemplaciones en mi propia película colmada de estupidez. Si al menos no hubiera bailado Staying alive como si me hubiera ido la vida en ello, no me sentiría tan ridícula. ¿A qué hora fue eso? ¿Cuántas cervezas llevaba ya? ¿Cómo llegué a protagonizar una escena tan casposa? Me siento a la altura de una delincuente que se declara culpable. Reincido porque me aburro, me aburro porque reincido. Ya me pongo yo sola la soga al cuello sin necesidad de que me nadie ayude.  
A primera hora de la tarde se suponía que iba a comportarme como la madre responsable que debería ser. En un primer momento, decidí quedarme en casa. Salir supone gastar un dinero que me hace falta para pagar las extraescolares de mi hija. Le dije a mis amigas que me iba a quedar frente a la tele, viendo series sangrientas y descansando. En eso estaba, tan cómoda bajo mi manta con mis calcetines de murciélagos… hasta que, como si se tratara de una pesadilla, la señora Perales interrumpió la armonía de mi existencia. Sí, ella otra vez. ¿No es extraño? ¿Esta manía del destino por reencontrarnos no tiene algo de maléfico o paranormal?
Sonó el timbre. El del rellano, no el de la portería. Mi imprevista visita debió de colarse junto a algún vecino que entraba en ese momento en el portal. Casi me da un soponcio cuando reconocí, a través de la mirilla, a quién pertenecía la encorvada figura que aguardaba tras la puerta. Ella también me vio a mí, no hay quien la engañe. Fueron sus ojos inflamados de desconfianza, aumentados a través de la lupa y observándome con fijeza, los que me obligaron a descorrer el cerrojo con prisa, como si hubiera perdido la voluntad o hubiera recibido la orden de un ser superior. Confieso que, sin saber por qué, sentí algo parecido al miedo, su presencia me inquietó, ¿qué iba a decirme? En todos estos años, ha sido la primera vez que ha tenido la osadía de acercarse tanto a territorio enemigo: mi hogar. Nada más abrir, paseó la mirada hacia el interior, como si buscara algo. En realidad, sé que olfateaba como un sabueso, averiguando cómo vivo dentro de mis patéticas paredes, decoradas con cuadros baratos y cuatro fotos exhibiendo sonrisas de un pasado que no recuerdo que fuera mejor. Yo busqué refugio en mi batín, lo cerré contra mi pecho como si temiera un ataque mortal, aunque en ese momento solo me pareció que con su presencia dejé entrar también al frío. 
Sin soltar el andador y negándose a traspasar la frontera del umbral, fue directa al grano y me hizo una propuesta insólita. Me pidió que sacara a pasear a sus perros cada mañana. A ella, cada vez le cuesta más trabajo levantarse a primera hora y salir a la calle. Aparte de la sorpresa, no debió de hallar en mi rostro ninguna expresión que le indicara que iba a hacerle un favor by the face, así que… me ofreció cien pavos al mes. El dinero me nubló la razón y, sin pensármelo, le dije que sí. 
Fue más tarde, de nuevo sola y sentada en el sofá, cuando la conciencia me devolvió la cordura para hacerme saber que acababa de venderle mi alma al diablo. Ya no pude concentrarme en el asesino en serie que atacaba a indefensos seres humanos en la pantalla y empecé a preguntarme por qué, ella, me había elegido a mí entre los cientos de habitantes del barrio. En el folio en blanco en el que se convirtió mi mente no fui capaz de leer una respuesta. Así que, me levanté y me fui a la nevera a por una cerveza.
Antes de llegar al fondo de la botella, simpaticé con los corruptos del mundo. ¡Qué fácil resulta caer en las garras del vil meta! Me había convertido en sirvienta de una persona que odio por cien miserables euros mensuales. ¿Qué habría sido capaz de hacer por un millón? ¿Pasearme desnuda por el supermercado haciendo el pino? Necesité un tercio más para superarlo. 
En un brote de defensa propia, traté de restarle importancia a mi decisión. Al fin y al cabo, lo único que podía pasarme era que desperdiciara una hora más de mi vida cada día. De todas formas, para qué la quiero si no hago con ella nada que me guste.
Atormentada por mis cavilaciones y por los efectos de una tercera cerveza, cambié de opinión respecto a mi plan para pasar la noche y decidí salir. Me quité mi viejo chandal y, para no distraerme con chorradas como qué ropa ponerme, me vestí de negro. Pantalón y blusa. Descarté llamar a mis amigas, lo último que me apetecía admitir era que acababa de tomar una decisión nefasta. ¿Qué podía decirles? Sí, soy esa, la que se pisotea así misma la dignidad y ni se acuerda de lo que significa. ¿Quién tenía ganas de escuchar consejos? ¿Y para qué? Acertar suele ser dificilísimo, te digan lo que te digan los demás.
El otro barrio, el de al lado, es de las pocas cosas que con el tiempo aún no se han movido del sitio. Me dije que seguro que encontraría algún nuevo garito en el que distraerme. Unas cuantas calles, un par de avenidas, y ya me pareció que estaba caminando entre gente más satisfecha con su destino. Enseguida me topé con un local tan negro como yo. En la puerta, un vigilante alto y desgarbado me avisó de que la entrada al público se había cerrado porque esa noche se celebraba una fiesta privada. Vaya, qué mala pata, respondí. Querida mala suerte, he salido achispada y se me está pasando el efecto a causa del aire helado. Si te fueras a la mierda, aunque sea un rato, me harías tan feliz. Gracias. 
  Volví sobre mis pasos, menos seguros y algo más derrotados que antes. Tomé la dirección que en ese momento me pareció correcta, (no hay que ser un lince para adivinar que no lo era), hacia el pub irlandés que hay muy cerca de mi calle. Se trata de un local donde nunca falta rock de antaño y conductores de autobús que acuden a él a beber cuando acaba su servicio. Además estaba Carlos, mi vecino de arriba, el artista, un chaval que pinta cuadros que nunca he visto. Me preguntó con una sonrisa si no había salido esa tarde a correr, como suelo hacer muchos sábados por la tarde. Seca, en todos los sentidos posibles, le dije que no, y me dirigí a la barra a por una cuarta cerveza. Él me invitó, muy amable, a pesar de mi cortante respuesta. Me preguntó si me pasaba algo. Para no contárselo, brindé chocando su botella contra la mía. Charlamos, luego yo lo invité a él y… dejé de contar las cervezas que pedimos. El alcohol me volvió más extrovertida que de costumbre. Sería un poco largo de explicar que con rostros que me resultaron conocidos por frecuentar el supermercado acabé discutiendo sobre intraterrestres. ¿He sido capaz de defender que la tierra es hueca y que en ella habitan amenazantes seres de inframundo? Sí, y con una insistencia tan pasmosa que ahora me preocupa. Luego, gracias al cielo, me callé. ¿En qué momento Carlos comenzó a parecerme muy atractivo? Sé que esa llamada de la seducción fue la que me invitó a guardar silencio con intención de volver a parecer una persona más o menos normal. Evito escribir mujer seductora o una descripción similar porque si me visualizo bebida y despeinada deduzco que es imposible, es más, agradezco a la penumbra que estuviera allí para acompañarme.  
Estoy dejando para el final que Carlos y yo nos besamos durante un buen rato. Querida más estúpida del mundo conocido, ¿en cuanto ves a un tipo con el pelo largo y el alcohol te corre por las venas pierdes la razón? Para colmo, él es más joven que yo, diría que unos diez años ¿qué habrá pensado de mí? Además, solo nos separa un piso, ¿qué le diré hoy o mañana, cuando se cruce de nuevo en mi camino?
Un mensaje acaba de entrar en mi móvil. Me sobrecoge leerlo. Hola cariño, ¿qué tal lo pasaste anoche? Te echo de menos. Me muero por besarte. 
Mira por dónde, sí que se me olvidan las cosas cuando bebo, ni me acordaba de que tengo pareja. Descubro que por ahí andan los tiros de mi bajonazo emocional. Es una suerte que Joan viva en Madrid a causa de su trabajo como policía y que, por tanto, ignore muchas de mis torpezas porque no puede presenciarlas en vivo y en directo, como la de anoche. Querida cobarde, admite que te gustaron mucho esos abrazos y que, lo primero que has hecho, pese a la jaqueca, es pensar en ellos y no en Joan. Respondo al mensaje como si mi tonteo con otro no hubiera sido más que un sueño, estoy demasiado espesa para saber cómo afrontarlo. Nada del otro jueves, tomarme un par de cervezas. TQ. Debería firmar como Judas. Bueno, si no puedo quitarme las caricias de la cabeza, quizá las pueda eliminar de mi realidad, como si no hubieran existido. Aprieto los ojos y lo intento. No puedo. 
Tras este recorrido mental, una sola interrogante me martiriza, ¿por qué lo que más me pesa es haber bailado Staying Alive dándolo todo en una pista vacía? Ah sí, porque soy la más payasa del mundo mundial. Va a ser verdad que estoy fatal de la memoria, sea o no por el alcohol. A Carlos pareció hacerle mucha gracia, ahora me pregunto el qué. Lo cierto es que después de mi subidón estilo Travolta nos estrujamos el uno al otro con más pasión y que lo único que nos separó de la cama fue una borrachera colosal.  
Y ahora, querida artista de la pista, ¡haz el favor de vestirte y de ir a casa de la señora Perales a sacar a pasear a sus, desde este instante, putos perros! 
Cumplo a toda prisa con mis propias órdenes y escucho a mi corazón acelerarse cuando salgo de casa, por si Carlos aparece y me descubre con peor aspecto que el de anoche y la cabeza más hueca que nunca. Acepto que he convertido en un tormento algo tan natural como entrar y salir de mi piso. ¿Hasta cuándo? 

La resaca y mis mensajes mentales no serán lo único que me machaque este domingo. Aún escucharé a la señora Perales reprenderme. Menuda cara traes hoy. No colará que me he levantado con dolor de cabeza. Si dejaras de beber, no te dolería nada. Mientras la escucho, sus tres animalillos se enredan entre mis piernas sin apenas dejarme andar, lucho por llegar hasta el asfalto sin aplastarlos. Algo muy lejano al cariño me acerca a ellos y a su dueña. El sol ha salido y hasta me hiere los ojos, pero debe de brillar en otra parte. Aprieto los dientes. Maldita vieja del demonio.

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