lunes, 4 de marzo de 2013

LA CRIPTA DE LAS ESTRELLAS (Capítulo I. Segunda parte)


Con esta entrega finaliza el primer capítulo de La cripta de las estrellas. La novela se presentará el próximo sábado, 9 de marzo, y comenzará su distribución por librerías de toda España, Méjico y Estados Unidos. Por supuesto, estáis todos invitados. Os dejo un enlace a Libros 28, la librería donde tendrá lugar el acto. En el blog os iré informando puntualmente de otras noticias que se vayan produciendo más adelante.  
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La sombra de la Esfinge los resguardaba esa tarde de los rayos de sol. Casi podían acariciarle el rostro si estiraban un brazo. Ese rincón de El Cairo, alejado de la urbe, era el lugar favorito del extranjero. Lo descubrió después de la Batalla de las Pirámides. En aquella ocasión, apoyado en la escultura y junto a su inseparable camarada, Louis, contabilizó el botín de oro y plata del que despojó a los cadáveres. Los cuerpos yacían desparramados en la planicie.
El ejército galo empujó a su adversario hacia Guiza, como si empuñara un enorme rastrillo de afiladas bayonetas. Bajo una nube de pólvora, los invasores se abrieron paso hacia la metrópoli y barrieron la orilla del Nilo. Allí murieron centenares de jinetes. Armados con sables, lanzas y mosquetones, el anticuado arsenal mameluco se desplomó como un castillo de naipes bajo los cañones y fusiles franceses. La jornada dejó un saldo de miles de muertos y prisioneros.
Cuando cesó el combate, Próspero Moreaux era incapaz de hacer un cálculo de sus propias víctimas, pero conservaba en una bolsa las dagas que les había arrebatado. Le impactó el lujo de aquellos puñales, tallados y recargados con piedras semipreciosas. Supuso que eran una mínima parte del preciado botín que iba a atesorar en aquella campaña.
Después, mientras descansaba y limpiaba su bayoneta, bromeó con Louis. Había escuchado que los caídos, según sus dogmas, emprendían un viaje al paraíso por morir luchando. Paraíso. Una forma seductora de llamar a la muerte.
Las risas lo aliviaron de la furia y la tensión de la batalla que aún llevaba dentro. Ambos admiraron la Esfinge. Estaban ante un rostro colosal y misterioso. Próspero sentía curiosidad por saber cómo era el resto de la figura y preguntó muchas veces en El Cairo. Nadie lo recordaba. Quizá llevaba siglos enterrada. Ni siquiera Mehmet, que parecía conocer bien todas las leyendas de su país, lo sabía.
Sobre la meseta de Guiza circulaba una colección de mitos y fábulas. Muchas hablaban de aventureros que se habían hecho ricos. En general, seguían pistas de arcaicos mapas que solo unos elegidos sabían descifrar o se guiaban por señales que les eran transmitidas en sueños. En otros casos, los protagonistas eran objeto de maldiciones y castigos divinos.
—Conozco un lugar donde aún deben de quedar tesoros —dijo Mehmet entornando los ojos, con expresión misteriosa—. Cuando era pequeño viví en otro pueblo. Una vez fui con mi hermano a un templo oculto en una montaña, pintado de muchos colores. Hay muchos más. Es un sitio prohibido. En ese valle hay almas que vagan en pena y gritan por la noche. Pero ya soy mayor y tan valiente como tú, no tengo miedo. Me atrevería a volver contigo.
El muchacho observó que la oscuridad comenzaba a ceñir la meseta. Mantenía la creencia de que el ocaso era el momento más peligroso, cuando los espectros abandonaban su descanso para acechar a los vivos.
—Ya han desaparecido nuestras sombras, deberíamos volver, se hace tarde.
Próspero percibió el miedo del crío y sonrió. Aunque Mehmet siempre le aseguraba que era valiente, resultaban frecuentes aquellos brotes de temor infantil. Al incorporarse echó un vistazo a la Gran Pirámide. Si recordaba el tacto de los dedos invisibles que lo habían tocado cuando estuvo en su interior, aún sentía escalofríos. Se había jurado no volver a meterse en aquel agujero, y era capaz de torcerse un pie aposta en caso de que algún superior le ordenase que se sumara a otra expedición. Al mismo tiempo le intrigaba lo que le había sucedido. Preguntó al niño si conocía alguna historia que hablara de un fantasma en el interior de la Gran Pirámide.
—No, pero seguro que dentro hay muchas almas perdidas que no saben salir. Debemos marcharnos antes de que aparezca alguna —insistió con prisa el muchacho mientras le daba un ligero tirón al uniforme para que se pusiera de pie.
El soldado estiró los brazos con pereza antes de incorporarse. El ocaso era un momento especial en El Cairo. Los colores del paisaje se volvían más intensos bajo esa luz. Ayudó al niño a subir a lomos de un caballo para emprender el regreso. En una de las puertas de la ciudad se despidió de Mehmet, que siempre lo miraba con tristeza antes de volver con su amo. Próspero no tenía intención de descansar. Iba a dejarse seducir por los placeres de «Las Mil y Una Noches».

Louis esperaba a su amigo bajo el arco de otras veces. Lo vio acercarse en la penumbra de una callejuela.
—Ya era hora, hermano, llegas tarde. Pero te tengo reservada una grata sorpresa, algo que no te imaginas —Louis escondía las manos en la espalda mientras saludaba.
—¿Me ocultas algo? —preguntó Próspero con ironía mientras movía el cuello para intentar averiguar de qué se trataba.
—Algo que se llama… ¡Vino! Una delicia para tu paladar y para pasar una velada inolvidable —le respondió mostrándole la botella con vanidad.
—¿De dónde lo has sacado? —la pregunta sonó a reproche. Estaba seguro de que su compañero se había saltado alguna norma para conseguir ese botín.
—Del equipaje de un oficial al que esta mañana ayudé a instalarse en un cómodo palacio. Este ha sido mi regalo por un trabajo bien hecho —orgulloso, exhibió su trofeo.
—Venga, hombre, algo me dice que lo has robado.
—Bueno, no se dará ni cuenta. Además, no tiene sentido que me la beba sin compartirla. Es como seducir a una mujer hermosa: si no se lo cuentas a alguien tienes la sensación de que no ha sucedido.
—Entonces ábrela y bebe inmediatamente. Es una orden —se le escapó una sonrisa a pesar de esforzarse para aparentar autoridad.
—Siente el aroma, ¿no es maravilloso? Es como estar otra vez en París.
Se acercó a la botella para aspirar el olor. Lo transportó a las tabernas parisinas. El sabor del primer sorbo lo imaginó ante suculentas bandejas con lechones asados, el fuego de una chimenea y el aroma a leña quemada en invierno. Estaba tan lejos de lo que consideraba su casa que pequeños detalles como ese le despertaban una fuerte añoranza.
A Louis lo conoció nada más enrolarse en el ejército y congeniaron en cuanto cruzaron las primeras palabras. Era la persona a la que más detalles había confesado de su pasado y de sus sentimientos. Junto a él, las marchas atravesando regiones interminables siempre parecían más llevaderas, ya que detrás de una broma surgía otra y sabía cómo ahuyentar los malos augurios en circunstancias adversas. A la hora de luchar nunca se perdían de vista para parapetarse el uno al otro en caso de verse acorralados, y después tampoco, pues el triunfo era un motivo de celebración que los unía como anillo al dedo. Compartían agua y alimento, penas y alegrías. Era habitual que entre ellos se llamaran «hermanos».
Entre trago y trago, charlaron en una calle desierta. Luego dejaron que sus pasos les dirigieran hasta un burdel cuya fama se había extendido a los cuatro vientos. A veces era necesario cerrar el local ante la avalancha de clientes y la falta de mujeres para satisfacerlos a todos.
Dos jóvenes expuestas en la entrada y ataviadas con delicados velos eran el reclamo que anunciaba placer y diversión. Las custodiaba un proxeneta gordo y de poblada barba que los invitó a pasar con un gesto. Música, penumbra, humo de pipas, mujeres. El ambiente les murmuraba «Bienvenidos».
Una tarima de madera acogió a una hermosa bailarina envuelta en un gran velo negro. Iba a dar comienzo un espectáculo que entusiasmaba a los dos amigos y que los había convertido en asiduos del garito. Una tela oscura en forma de tubo rodeaba el cuerpo de la chica. Acompañada de sensuales movimientos mostraba los hombros, una pierna, un pecho, mientras el lienzo se ajustaba y marcaba su silueta. Había siempre más silencio cuando la artista iniciaba su contoneo, aunque pronto los impacientes soldados empezaron a subir el tono. Primero con algún silbido, después con aplausos y gritos, hasta estallar en un delirio colectivo. Era frecuente que los empleados del burdel los contuvieran cuando se abalanzaban sobre ella.
Hasta Próspero se acercó una joven de largos cabellos y ojos oscuros. Se sentó a su lado. Las egipcias olían a canela, como los pasteles que servían con café. Atraído por el perfume, le acarició el rostro y dejó resbalar la punta de los dedos sobre el cuello impregnado de aceite, hasta rozarle el escote.
Ella le miró con deseo y rozó los labios con los suyos, sin llegar a besarle. Un momento después, el soldado se levantó en busca de una habitación. Tuvo que pagar más dinero delprevisto, pero no le pareció oportuno empezar a regatear. El trato podría alargarse demasiado y enfriar el calor que sentía en ese momento. La pareja entró en un cuarto acogedor, con inciensos y velas. En el centro había un lecho con almohadones y sábanas de algodón, donde él se sentó.
La muchacha se inclinó y le ayudó a quitarse las botas. Él se quitó la casaca, la camisa. Ella comenzó a desnudarse, dejó caer con suavidad uno de los velos que la cubrían. Las transparencias mostraron un poco más el cuerpo de la joven. Le excitó acariciarla y que sus manos resbalaran con facilidad sobre su piel, embadurnada y perfumada. El aire olía a jazmín.
El corazón de Próspero se aceleró cuando la mujer calentó un frasco de aceite sobre la llama de un candil. Después esparció el líquido templado, muy despacio, sobre su amante. Recorrió todo su cuerpo suavemente, extendiendo el ungüento: el pecho, el vientre, los muslos. Piel contra piel, ambos se deslizaron en una caricia tibia y escurridiza. Desenfrenada. Cuando la poseyó ardía por dentro y por fuera. Ella se estremeció con los ojos cerrados, respirando agitada. Más allá del placer, él sintió algo de magia. Tuvo miedo de sentirse atraído de verdad. Decidió no volver a besarla. Después descansó sobre el pecho de la mujer, respirando el aroma dulzón que envolvía la estancia. Sin querer pensar más.
Cuando amanecía, se levantó para reincorporarse a la vida castrense. La muchacha, aún desnuda, se dirigió a él y le entregó la camisa: «Monsieur, ¿volverá?» «Sí, volveré.» No la miró a los ojos. Mintió. La cabeza le decía que lo más sensato era no verla nunca más. Y si regresaba al burdel, dejarse arrastrar por cualquier otra.
Salió de la habitación y cerró la puerta, sin mirarla. Se concentró en buscar a Louis, que yacía junto a otra joven en una estancia cercana. Lo despertó y un instante después ambos se alejaron.
Caminaban por una callejuela, todavía cerca del burdel, cuando comenzaron las risitas cómplices, las miradas furtivas.
—Ya sé, ya sé, no me digas nada. Te lo voy a describir yo. Ha sido irrepetible, algo jamás visto —afirmó Louis.
—Estoy hechizado. A las mujeres egipcias algunas de esas mañas que saben solo se las ha podido enseñar Satanás. ¿La chica con la que tú has estado ha utilizado aceite o algún ungüento? —apreció cierta envidia en los ojos de su amigo que dejó de andar para interrogarle con más detenimiento.
—¿Aceite? Pero, pero… bueno, ¿se puede saber qué has estado haciendo con un ungüento? ¿Hemos estado en el mismo sitio y hemos pagado lo mismo o crees que tengo que volver para reclamar?
—Le he debido de resultar muy seductor —levantó las cejas y estiró la espalda con aire victorioso.
—El vicio te matará, te lo advierto —aseguró Louis—. Además, debemos contenernos o nos arruinaremos. Ahí dentro nos despluman como a gallinas.
Próspero bromeó y se puso de rodillas en plena calle:
—Ten piedad, dime que lo repetiremos y que tú traerás más vino. En París nunca será como aquí, pero tú estarás allí para recordarme que no ha sido un sueño.
Estallaron en carcajadas y continuaron andando.

1 comentario:

  1. La historia promete, me encanta la manera de describir las situaciones y los detalles de cada personaje, con tu manera de escribir se disfruta y se aprende, no se puede pedir más...
    Que ganas tengo ya de tenerlo en mis manos.
    Un abrazo y felicidades... otra vez...

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