lunes, 14 de enero de 2013

LA CRIPTA DE LAS ESTRELLAS




Appaaloosa Editorial publicará próximamente mi novela “La cripta de las estrellas”. Mientras llega ese momento, he pensado compartir aquí un avance. Lo haré en entregas durante varias semanas, mientras espero que el libro se convierta en realidad. El mayor deseo es que os guste la trama y os apetezca seguir leyendo.







El Cairo, 1798

Una bala perdida cambió el destino del joven soldado Próspero Moreaux. Tras un fogonazo, el proyectil atravesó el túnel donde se encontraba junto a otros compañeros. El impacto duró un segundo. No le hirió. Sin embargo, muchos años después, fue consciente de que su futuro tomó una dirección que jamás habría imaginado, justo en ese instante. 
Él formaba parte de un equipo elegido para explorar la construcción más extraña que el ejército galo había visto nunca: la Gran Pirámide. Eran unos cinco o seis hombres que avanzaban en fila sobre una rampa descendente, serpenteando, sin altura suficiente para poder incorporarse.
 Otro soldado, situado en la última posición del grupo, se envalentonó. Dijo que una bala les daría una pista de dónde finalizaba la galería. Mientras hablaba, ya estaba apuntando con el cañón al vacío. Disparó sin que nadie pudiera impedirlo. El mando que encabezaba la expedición solo tuvo tiempo de balbucear. La voz sonó como un sollozo, impropia de un superior. Los demás, enmudecieron.
 El estruendo derritió el valor de Próspero, paralizándole. El plomo bufó junto a su cabeza, quemándole la oreja. Presintió que la buena suerte que siempre creía que le protegía, le abandonaba. A ras de suelo, luchó con desesperación para asegurar las suelas de las botas al muro y evitar caer al vacío. Supuso que los demás estaban corriendo la misma suerte.
De repente, el ala de un murciélago le impactó contra una mejilla. El disparo provocó la estampida de centenares de quirópteros que hasta ese momento permanecían aletargados. Detrás de la primera bofetada vino la siguiente, hasta que sintió que le lapidaban. Asumió que la misión era una trampa mortal. La única defensa ante aquel ataque era agitarse como un títere. La cadena de golpes provocó que perdiera la antorcha que le abría camino, no sin antes prenderle fuego a sus pantalones. Se apresuró a sofocar las llamas con la mano que le quedaba libre, húmeda de miedo.
Sudoroso sobre la pared inclinada se imaginó como una larva, a la espera de ser devorada por otro insecto. Respiró despacio para recuperar la calma. Se preguntaba por qué él figuraba entre los elegidos para investigar las entrañas de la Gran Pirámide, cuando entre las tropas de la Armada Francesa había miles de hombres más.
Meterse en la boca del lobo sin que dentro hubiera nada que
conquistar ya era de lo más estúpido, pero apretar un gatillo, eso sólo podía haberlo hecho un idiota.
 La antorcha de Próspero no fue la única que se perdió, otras también se apagaron al chocar contra la avalancha de murciélagos, tan aterrorizados como ellos. En el desconcierto, uno de los hombres que estaba detrás de él, resbaló y cayó. El grito fue escalofriante. La espalda de la víctima patinó por la suya, pero el instinto de supervivencia le impidió ayudarle. Se limitó a descargar toda la fuerza en las rodillas, con las que trató de adherirse a la piedra y aferrarse a la vida. Mientras tanto, el compañero rodó hacia lo desconocido. Se zarandeó de un lado a otro, buscando inútilmente algo a lo que asirse.
 El tiro tuvo más consecuencias. La detonación se transformó en un estallido apocalíptico que primero les rompió los tímpanos y luego se diluyó en algún punto muy lejano. Cuando creyeron que cesaba la amenaza de fallecer aplastados si se derrumbaba la montaña de piedra, el sonido regresó hacia ellos con la misma intensidad. Sin perder ni un ápice de potencia. Sin encontrar una ranura por la que fugarse. El fenómeno se repitió una y otra vez. Inmóviles, los minutos se transformaron en eternidad.
El silencio fue el primer síntoma de normalidad. Pronto escucharon los quejidos del herido, quien no parecía estar demasiado lejos. Después, la temblorosa súplica de perdón del soldado que había disparado. El superior suspiró con rabia y le avisó de que nada iba a librarle de un castigo del mismo calibre que el error que había protagonizado, si lograban sobrevivir.
La orden de seguir avanzando hacia la oscuridad empujó a Próspero a reptar contra su voluntad, moviendo cada extremidad con sumo cuidado, con los dedos agarrotados y los muslos rígidos. El hedor era insoportable desde el principio del camino, asfaltado de guano y un rastro de suciedad acumulada durante siglos.
 El oxígeno se consumía a marchas forzadas. Hacía mucho tiempo que nadie abría la boca respecto al mandato de informar sobre cualquier elemento extraño que localizaran o llamara su atención.
 En ese punto de la marcha, Próspero, comenzó a sentir otra clase de temor, pero esta vez, irracional desde cualquier punto de vista. Era consciente de que sólo la Nada le precedía, pero aun así, percibía la fuerza de una extraña presencia situada ante él que le succionaba el aliento y le debilitaba. Como si se dejara caer sobre sus hombros y le incitara a dormir. Intuía que ese ser invisible estaba justo delante de su rostro, era inmenso y ocupaba el espacio total de la oscuridad. Quizá había conectado de alguna forma misteriosa con el alma misma de la oscuridad. Le absorbía las energías, tiritaba. Escuchó sus dientes castañear y el pulso de la sangre le coronaba las sienes.
 El disparo había despertado a un ser de otro mundo y no sabía cómo combatirlo, pero esa idea le pareció muy simple y trató de desterrarla. Se aferró a la realidad y se palpó la cintura para localizar la navaja que siempre ocultaba bajo su cinturón. Seguía ahí,  pero era inútil usarla para defenderse. 
 La mentalidad de estratega le repetía que era necesario alertar a los demás del peligro, pero comprendió que era incapaz de describir qué era lo que les estaba rodeando. A pesar de la sensación de riesgo, sintió un espeso sueño y se le escapó un bostezo. En algún momento le sacudió el cuerpo una cabezada sorpresiva. Descubrió asombrado que le había arrastrado una pesadilla fugaz en la que escuchó un susurro débil y profundo. Una brisa helada se le clavó en las amígdalas, dejándole un pinchazo de dolor a cada trago de saliva, que también se le agotaba. 
Asustado, giró el cuello hacia atrás y captó que nadie más daba muestras de registrar su mismo malestar ni sus percepciones. De hecho, el geógrafo que les acompañaba había retomado su labor comprobando en voz alta el excelente pulido de los bloques de piedra, los cuales no se podían ni siquiera atravesar por las juntas con la hoja de un cuchillo. Sin embargo, él solo se visualizaba dentro de una chimenea apestosa, en el asqueroso recto de un gigante que se estaba apoderando de su esencia vital y del que necesitaba escapar a toda prisa.
Había llegado a la suposición de que atravesaba un enclave maldito cuando alcanzaron la meta, un triste cubículo que por lo visto la ciencia ya lo había bautizado como la Cámara del Rey, pero que al menos les permitía permanecer de pie. La única recompensa tras el dificultoso viaje era la desnuda presencia de un sarcófago de granito. Por supuesto, vacío.
Alguien atendió al herido, que mostraba una brecha abierta en la frente y quizá alguna costilla rota.
 Dentro de la estancia, Próspero recuperó la antorcha con la que alumbró al experto que tomaba notas en un cuaderno y realizaba mediciones sobre detalles arquitectónicos. El superior comprobó que temblaba y le preguntó si se encontraba mal. Respondió que sí, pero que debía deberse a la falta de aire y al olor pestilente, que no tardaría en recuperarse. Por si acaso, buscó apoyo en uno de los muros.
El científico compartió con los demás apasionadas teorías sobre el propósito de la enigmática edificación, fórmulas matemáticas y conexiones astronómicas, pero entre soldados no encontró a nadie dispuesto a rebatirlas.
Próspero comprendía el entusiasmo que embargaba al geógrafo, pero él tenía muy claro que no había nada que descubrir. Aquel lugar no era más que un sepulcro descomunal que había sido saqueado durante siglos y no habían dejado ni un hueso de muestra. Y eso era fácil de deducir, ya que el continuo paso de las teas había ennegrecido el conducto hasta apenas dejar ver el color original de los sillares. Ni un grabado, ni una pintura adornaban las paredes. En su opinión, la omnipresencia que desprendía el monumento en el exterior se desvanecía en el interior.
Por fin emprendieron el retorno. El compañero lesionado se mostró dispuesto a escalar, aunque sufría un fuerte dolor en el costado. Los demás acordaron ayudarle, dejando que apoyara los pies en los hombros de otro colega para impulsarse, y así, aminorar el esfuerzo durante el ascenso.
Una mano invisible recorría el cuerpo de Próspero mientras trepaba. Era una caricia helada. Apretó los labios para lidiar contra el cansancio, que le incitaba a acurrucarse y descansar. Justo antes de que el sol le alcanzara los ojos, un lazo invisible se enroscó a la altura de su rodilla. El tirón le encogió la boca del estómago. Aterrorizado, se lanzó hacia el agujero que le conectaba con el mundo real. Una bocanada de aire sofocante le hizo cavilar con rapidez que la experiencia había sido una alucinación. Algo lógico que podría descifrarse, como los espejismos que había soportado en el desierto. 

A pesar de meditar muchas veces sobre el suceso en busca de respuestas, no se sintió capaz de compartir esa vivencia con nadie. Ni siquiera con Louis, su mejor amigo. La incertidumbre le sobrecogía en momentos de soledad, le hacía sentirse frágil, pero se limitó a fingir que no había sentido miedo. Lo más probable es que Louis se burlara de él. Al fin y al cabo, dos tipos entrenados para matar no creen en fantasmas.



3 comentarios:

  1. Chus, enhorabuena por por tu novela La cripta de las estrellas. Por lo que acabo de leer es muy sugerente y ya tienes una lectora para cuando se publica.
    Un abrazo

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    1. Gracias a ti, Felicidad. Me alegra enormemente recibir tan buena opinión de una gran escritora como tú.
      Un abrazo.

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  2. http://recovecosadiel.blogspot.com.es/2013/05/resena-la-cripta-de-las-estrellas-de.html

    Reseña de la novela en mi blog :)

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