jueves, 24 de enero de 2013

LA CRIPTA DE LAS ESTRELLAS (Capítulo I. Primera parte)





Portada que ilustrará la novela "La cripta de las estrellas".

El niño egipcio abrió su mano polvorienta y mostró a Próspero un colgante de plata. Un ojo de halcón. Podía haberse quedado con él a cambio de unas monedas, pero el vendedor le señaló con deseo dos botones dorados del uniforme. Él se los arrancó con el puñal que llevaba en el cinturón y se los entregó. Luego le dio una palmada cariñosa en la frente. Ese trueque era la última moda en El Cairo. Había militares que presumían de haber adquirido joyas de mucho valor recurriendo a ese mismo intercambio. Este no era el caso, pero el crío era el único nativo al que el soldado consideraba su amigo. Ambos estaban sentados sobre la montaña de arena que envolvía La Esfinge. Contemplando el atardecer. El muchacho se llamaba Mehmet. Debía tener ocho o nueve años, pero no sabía su edad. Era muy delgado, por lo que sus grandes ojos castaños llamaban la atención. Tenía la piel del color del chocolate. La túnica que llevaba puesta era todo lo que tenía. En algún momento fue blanca, pero ya palidecía en un abanico de tonos amarillentos y grises. Siempre iba descalzo.
Ambos se habían conocido en un típico café donde los clientes se recostaban entre almohadones y charlaban, aunque ahora los abarrotaban las tropas francesas que habían seguido a Napoleón hasta Egipto. Próspero se encontraba en esa ocasión junto a otros reclutas y un grupo de muchachas que tras la invasión se atrevía a caminar sin velo. La reunión informal entre personas de distinto sexo era uno de los cambios que los aires liberales habían provocado en breve tiempo. Pero también era un motivo para que los egipcios conspiraran planeando una revuelta. Esa estampa era por sí sola una vergüenza para muchos islámicos, que veían impotentes como las mujeres perdían el pudor al lado de extranjeros, llegando en ocasiones a convivir con ellos.
Los invasores les habían liberado de la tiranía de la estirpe mameluca. Pero no era suficiente. La mentalidad musulmana rechazaba estar bajo la voluntad de infieles que bebían alcohol hasta perder el juicio o que mostraban desprecio hacia tradiciones como la circuncisión. Las críticas eran constantes. Desde soportar excesivos impuestos a tener que aceptar sanciones por incumplir normas urbanas sobre alumbrado o limpieza, que les resultaban insólitas.
Para Mehmet, ajeno a esos problemas, el soldado era mucho más que un guerrero que había espantado a los amos más crueles que había conocido. Le admiraba y estaba seguro de que era el más valiente. Sabía que procedía de un país llamado Francia. Un lugar que le parecía tan lejano como las estrellas. Al igual que el resto de egipcios, el niño nunca había visto a hombres que caminaran con las piernas ceñidas en tubos de tela, que lucieran sombreros tan distintos a los turbantes y que mostraran orgullosos la barbilla afeitada, porque allí sólo iban así los esclavos. Pero para él, el encuentro entre dos mundos tan diferentes era, más allá de la novedad, un espectáculo fascinante.
La vida del crío transcurría entre la medina y el café. De día ofrecía fruslerías a los franceses, los primeros viajeros que recibía de forma masiva Egipto desde la Antigüedad. Por la noche, el propietario del local le obligaba a despojarse de su harapiento vestido,  y a enfundarse en unos anchísimos bombachos y un chaleco corto de color púrpura para atender a la clientela. Hasta que caía rendido por el cansancio.
Unos meses después de servir a los extranjeros y de poner los cinco sentidos en cada palabra que escuchaba y repetía, ya era capaz de expresarse en francés con cierta soltura. Al menos para manejarse con los pedidos y regatear.
Quiso ser la sombra de Próspero desde que éste le propinara un cachete afectuoso en la frente y le entregara una propina. Nunca antes había recibido un premio. Siempre que coincidían en el café, le invitaba en secreto a un pastel de hojaldre y miel. El detalle conmovía al adulto, que le veía trajinar entre delantales y servilletas para no ser visto por el dueño.
Muy pronto, el soldado recurrió a Mehmet para que le guiara en la maraña de bazares repletos de comerciantes y artesanos. Entre especias, delicadas telas, alfombras y joyas, Próspero conoció el negocio de venta de esclavas. Casi siempre se trataba de jóvenes extranjeras. Le asombraba que el precio de una de ellas solo costara un mes de su salario. 
 En aquellos paseos el pequeño le confesaba a veces detalles de su vida. No recordaba a su madre. Junto a su padre sirvió durante un tiempo a un noble mameluco. Hasta que logró escaparse para evitar las torturas. Desconocía cuál había sido el destino de su progenitor tras la invasión. Los mamelucos huyeron de forma precipitada y abandonaron los palacios. Ahora era Bonaparte y los altos mandos quienes disfrutaban de las grandiosas estancias y los baños de mármol. También de las mujeres de los harenes, a quienes dejaron olvidadas a su suerte.
Al militar le gustaba proteger al niño y arrancarlo del duro trabajo a cambio de pagar algo de dinero a su patrón. Quizá porque las biografías de ambos coincidían en más de un detalle. Aunque les separaba un universo en la forma de pensar. Próspero daba por hecho que su vida había sido un cúmulo de desgracias y mala fortuna desde el día que nació, hasta que se enroló en el Ejército. Sin embargo, Mehmet estaba convencido de que siempre le acompañaba la suerte. Las desdichas a las que se enfrentaba eran como las de cualquier otro de su misma condición. Pero él, por ejemplo, conservaba al completo su dentadura sin manchas negras. Además, había escapado del castigo más espantoso: la mutilación. No le faltaba aún ni un dedo, ni una oreja. Y fatalidad era padecer lepra o peste, pero si gozaba de algo, era de buena salud.

9 comentarios:

  1. Un arranque apasionante que enseguida te remonta y ubica en tiempo y espacio, en pocos párrafos muy densos -perfectamente documentados-, la autora es generosa cargando de entrañable simpatía a su pareja de personajes, Mehmet y Próspero; despliega talento generando curiosidad a través de los ojos de ambos, un niño egipcio y el soldado francés. Parece que desvelara bastante lo que promete contar, pero no; creo que con esa gran capacidad de síntesis no dejando nada sin atar, lo que en realidad ha pretendido, es obvio: La intriga está servida. Pasen y lean… Así se ganan lectores, la mía, mi lectura está garantizada.

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    1. Es todo un lujo encontrarte en mi espacio virtual, Mar. Los inicios nunca son fáciles y encontrar este tipo de opiniones son todo un estímulo para seguir adelante. Espero que la lectura de mi novela te atrape y no te deje escapar. Muchísimas gracias por dejar tu huella, siempre tan especial.

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  2. La portada ¡Increible! De una belleza extraordinaria. Y que decir de la historia, dos personajes marcados por la tragedia,y unidos por el destino. Un niño Egipcio elocuente y vivad, un soldado ávido de proteger y de amar.
    El comienzo promete, es capaz de captar la atención del lector,invitándole a querer leer más...
    Yo lo quiero leer ya...
    Un besazo
    Graci

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    1. Te recibo con honores y con los brazos abiertos, Gracia. La portada me parece el fruto de un excelente trabajo. El efecto de la luz y el relieve le da un toque especial. Y qué te puedo decir de la historia, has dado con una de las claves de la novela. Muchas gracias por entrar aquí y por leer. Un fuerte abrazo.

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  3. Buscaré tiempo para llegar al desenlace de tu historia, que por ahora me parece muy bien. Gracias por escribir

    Paco

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    1. Gracias a ti por leer, Paco. Espero que el desenlace también sea de tu agrado.

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  4. Un comienzo que te situa en el marco de la historia y cuya lectura crea interés. La emoción va creciendo a medida que te adentras en su lectura.
    Esa escritura de frases cortas va creando una atmósfera trepidante que te sugiere una sorpresa en cada giro.

    Muy bueno, seguiré leyendo.

    antonio.

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    1. Muchas gracias, Antonio. Espero atraparte también con la última entrega. Un fuerte abrazo.

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  5. Como siempre un placer leerte... La portada ha quedado preciosa!!
    Y la historia ya incita a querer seguir leyendo... muy buen comienzo, aventura e intriga desde el primer momento... y la grata sensación de saber que aún nos espera mucho más de los personajes de los cuales te enamoras rápidamente.
    Enhorabuena otra vez... Besos

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