martes, 24 de diciembre de 2013

FIESTAS FELICES




Felicitación diseñada por Julia Soler.


Supongo que no existe la Navidad perfecta, que hay fechas del calendario tan idealizadas que siempre hay algo que no sale como debería salir. Pero ya me he acostumbrado a dejarme llevar y buscar otras expectativas, a que sea lo inesperado y los pequeños detalles los que traigan la llave que lo cambia todo, y a llamar a esos momentos con pinta de perfectos, felicidad. 

Durante el próximo 2014 para mí sería perfecto tener novedades que contar y compartir algunos momentos de lectura con vosotros, y que vosotros, decidáis perder pasando por aquí unos minutos de vuestro tiempo. Y aprovechar mi tiempo leyendo tantos blogs a los que me he ido encadenando a partir del mío. En esos puntos de encuentro siempre aparecen momentos felices. 
Deseo que en 2014 vuestros momentos felices sean incontables. 
Nos seguimos leyendo. 

martes, 1 de octubre de 2013

UNA CITA EN EL LIBRO DURMIENTE



El Libro Durmiente es algo más que un club de lectura, es un foro de entusiastas de los libros que organizan un amplio abanico de actividades a lo largo de todo el año, como encuentros con autores y talleres de escritura creativa. La cripta de las estrellas ha sido invitada para asistir a uno de estos encuentros, la cita será este viernes en su club de Alicante, una oportunidad que agradezco y que quería compartir en este espacio, difundiendo una invitación. En la tarjeta digital podéis encontrar toda la información. 



Eva María Galán

En este post incluyo un enlace a la web de difusión cultural Alquibla, con una entrevista sobre mis novelas firmada por Eva María Galán. Alquibla es también una web con un amplio abanico de contenidos y artículos que merece la pena conocer. 

lunes, 23 de septiembre de 2013

LA CRIPTA DE LAS ESTRELLAS, RESEÑA DESDE LA BIBLIOTECA

Artículo escrito por Paz Sánchez San José
Bibliotecaria de la Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense de Madrid


Acabo de terminar de leer La cripta de las estrellas y tenía la necesidad de agradecerte tu esfuerzo en escribirla, porque para mi ha sido un placer leerla. Es un placer barato y no sé por qué siguen existiendo personas que prefieren un placer enorme a muchos placeres pequeños.

      Siempre he admirado a las personas que crean y nos hacen más felices con sus creaciones. Por eso voy a exposiciones, al cine, al teatro, y sobre todo a bibliotecas. Me pierdo entre los estantes buscando tesoros. Desde niña, entonces con mi madre, ahora sola o con mi pareja. En los viajes que hemos hecho, nunca dejamos de visitar bibliotecas, librerías y mercados. ¿Se puede comparar con algo el colorido de un puesto de frutas o de flores? Para nosotros es mágico.
    
   Soy lectora compulsiva. Y creo que sólo hay un par de libros que no he sido capaz de acabar. Pienso en el esfuerzo creativo y creo que debo aportar mi propio esfuerzo para leer hasta el final. Es decir, soy una crítica espantosa. Leo, pero no analizo, sólo me sumerjo en la historia, en lo que me dice, hacia dónde me transporta, a veces, en el lenguaje, en la manera de expresar sentimientos, en las metáforas, pero no como un crítico literario, sino como un aprendiz. Con las lecturas aprendo, saco conclusiones, veo otros puntos de vista, otros valores que me hacen reflexionar… en fin, me enriquezco como persona. Debe ser mi parte de psicóloga que me lleva a comprender acciones y sentimientos que otras personas catalogan inamoviblemente. Mi empatía es una de mis virtudes/defectos de la que nunca he querido escapar por mucho que me haya hecho sufrir o disfrutar.


Fotografía de Julia Soler


    Dicho lo cual, te comento que he leído tu novela de dos tirones. En dos días me has transportado a la magia, al miedo, al horror, al instinto de supervivencia, a las transformaciones que hace una persona a lo largo de su vida, al amor entre amigos, tan fuerte, tan incondicional, tan comprensivo y empático, a las sinrazones de las guerras y el sufrimiento que acarrean (este mundo no escarmienta), a los desvaríos de poder narcisista que contagian irracionalmente, al arrepentimiento y al esfuerzo por remediar los errores.
    He encontrado mucha humanidad en tu novela, sentimientos reconocibles para todo el mundo, en los que nos podemos reflejar y que nos hacen pensar en nuestros valores, en esas columnas que nos sostienen. ¿Se puede pedir más?
        Te agradezco el buen rato que me has hecho pasar mientras leía.

      Sí me gustaría decirte que, habiendo tenido textos en mis manos de la época que reseñas, como bibliotecaria, me apetecería que el lenguaje se aproximara al de esos años. Sé que es imposible. Si vieras lo farragoso que es el lenguaje de entonces, las expresiones tan difíciles de entender, las florituras inútiles carentes de significado pero que demostraban ¿cultura? En fin, que entiendo que los escritores recurran al lenguaje actual, aunque me encantaría que alguno tuviera la inquietud de intentarlo.
       Tu lenguaje es fresco, fácil de entender y de llevarte a los acontecimientos entendiéndolos.
He querido destacar un par de frases que me han remontado directamente a la escena y al sentimiento que provocaban con una fuerza tremenda:

   “… lo único que queda de aquél océano son los lagos de sal que luchan por abandonar su tumba.”

     ¡Toma ya! La imaginación se desborda y te lleva a ver ese paisaje con los ojos del que lo narra. Como te decía antes, no se puede pedir más.
   
“…el tiempo en el desierto era como el viento sobre la arena, pasaba porque tenía que pasar.”

       Me detuve en esta frase mucho tiempo. Me hacía pensar. A veces nos encestamos en que las cosas nos ocurran cuando y cómo queremos. No siempre es posible. En ocasiones no te queda otra que estar preparado para cuando ocurran. Esperar nos desespera. Parece que no sabemos rellenar el tiempo mientras dura la espera. Y esa espera es el camino a recorrer entre un punto y otro. No es nada más. El camino hacia un sitio es tan importante como el sitio porque todo es vivencia.
      Todo esto me has hecho pensar. ¿Te parece poco?

   Y basándome en el texto, en la historia que cuentas, veo algo que solemos olvidar o rechazamos por su connotación negativa, y es la compasión. Es uno de los sentimientos más humanos. Pero da vergüenza que te lo den o que lo ofrezcas. Vaya tontería. A veces somos memos y evitamos acciones que aliviarían a otros o que nos remendarían nuestro dolor.
     He visto mucho de compasión en tu obra y me ha reconfortado.
   

martes, 4 de junio de 2013

FERIA DEL LIBRO DE MADRID



La Feria del Libro de Madrid ha sido el último punto de encuentro de La Cripta de las estrellas con los lectores. La cita tuvo lugar en la caseta 118, de la librería La Marabunta, el pasado domingo dos de junio. Ha sido un lujo contar con la visita de amigos y lectores interesados en conocer la novela. 







Encuentro con el lector  Eduardo Cespedosa en la Feria del  Libro

La promoción de la novela finalizará el próximo 15 de junio con una presentación en un club de lectores de Blanca, en Murcia. Después del verano, Appaloosa Editorial organizará un nuevo calendario para intentar que libro tenga la mayor difusión posible. 
No sé dónde se producirá la próxima cita, pero dejo algunas imágenes de la Librería La Escalera de Berlín, donde La cripta de las estrellas está a la venta después de la lectura que se organizó en mayo. Por si alguno de vosotros pasa por allí y le apetece echar un vistazo. 


Un momento de la lectura

Instante de la presentación en la librería La Escalera de Berlín

La cripta de la estrellas ya se puede comprar en Berlín

martes, 30 de abril de 2013

CITA EN BERLÍN



Berlín es la ciudad que ha elegido el destino para que mi novela La cripta de las estrellas tenga un nuevo encuentro con los lectores. La cita es en la Librería La Escalera, un café literario de habla hispana que apuesta por fomentar el placer de la lectura y la conversación. El intercambio de libros usados, lecturas y cursos de idiomas forman parte de su actividad habitual. Además, es frecuente que se organicen encuentros con autores. El mío será el próximo sábado a las 18.30 horas. Pero si por otra de esas espirales del destino encuentro por allí a algún lector de este blog, estaré casi segura de que la cita en Berlín no ha sido casual. 

A través de esta tarjeta digital ya sabéis que estáis todos invitados, a pesar de que no puedo editarla con mejor calidad. Será un placer que me acompañéis. La dirección es Kopernikusstr 1, 10243. 



Antes de hacer la maleta os dejo un par de imágenes de la presentación de la novela en Fnac de Alicante que tuvo lugar el pasado día 20 de abril, donde se dieron cita un centenar de lectores. Fue un lujo contar con la presencia de amigos que han conocido el libro a través de las redes sociales, y que incluso, se desplazaron desde Madrid o Valencia para acudir al acto. 




Por último, tengo el placer de mencionar que mi primer Sant Jordi en la Librería Les Punxes de Barcelona fue inolvidable, al poder compartirlo con numerosos amigos, lectores y escritores. Dejo también alguna imagen de la jornada. Gracias a todos.  






viernes, 19 de abril de 2013

ÚLTIMAS NOTICIAS


A través de este post tengo el placer de invitaros mañana sábado 20 de abril a la presentación de mi novela La cripta de las estrellas. 
La cita es en Fnac de Alicante a las 19.00 horas y sé que muchos de vosotros, aunque no podáis asistir, me acompañaréis de corazón. Es inevitable que os dé las gracias otra vez por vuestro apoyo a lo largo de tantas y tantas entradas que hemos compartido en este blog. Os dejo también un enlace de Fnac donde viene más información sobre la presentación.



Otra buena noticia es que el próximo martes 23 de abril, Día de Sant Jordi, estaré firmando libros en la librería Les Punxes de Barcelona. Estaré mañana y tarde acompañada de "Mi vida al desnudo. Diario sin secretos" y "La cripta de las estrellas", y por supuesto, de todos los amigos y lectores que decidan acercarse. Será una inmensa alegría encontraros allí.  Para que la invitación sea oficial, incorporo las tarjetas de mis dos editoriales que hago extensiva a todos vosotros, incluyendo a los que no puedo llegar personalmente. 



No penséis que os vais a librar de saber cómo me ha ido, volveré para contarlo. Gracias a todos.

lunes, 4 de marzo de 2013

LA CRIPTA DE LAS ESTRELLAS (Capítulo I. Segunda parte)


Con esta entrega finaliza el primer capítulo de La cripta de las estrellas. La novela se presentará el próximo sábado, 9 de marzo, y comenzará su distribución por librerías de toda España, Méjico y Estados Unidos. Por supuesto, estáis todos invitados. Os dejo un enlace a Libros 28, la librería donde tendrá lugar el acto. En el blog os iré informando puntualmente de otras noticias que se vayan produciendo más adelante.  
http://libros28.blogspot.com.es/

La sombra de la Esfinge los resguardaba esa tarde de los rayos de sol. Casi podían acariciarle el rostro si estiraban un brazo. Ese rincón de El Cairo, alejado de la urbe, era el lugar favorito del extranjero. Lo descubrió después de la Batalla de las Pirámides. En aquella ocasión, apoyado en la escultura y junto a su inseparable camarada, Louis, contabilizó el botín de oro y plata del que despojó a los cadáveres. Los cuerpos yacían desparramados en la planicie.
El ejército galo empujó a su adversario hacia Guiza, como si empuñara un enorme rastrillo de afiladas bayonetas. Bajo una nube de pólvora, los invasores se abrieron paso hacia la metrópoli y barrieron la orilla del Nilo. Allí murieron centenares de jinetes. Armados con sables, lanzas y mosquetones, el anticuado arsenal mameluco se desplomó como un castillo de naipes bajo los cañones y fusiles franceses. La jornada dejó un saldo de miles de muertos y prisioneros.
Cuando cesó el combate, Próspero Moreaux era incapaz de hacer un cálculo de sus propias víctimas, pero conservaba en una bolsa las dagas que les había arrebatado. Le impactó el lujo de aquellos puñales, tallados y recargados con piedras semipreciosas. Supuso que eran una mínima parte del preciado botín que iba a atesorar en aquella campaña.
Después, mientras descansaba y limpiaba su bayoneta, bromeó con Louis. Había escuchado que los caídos, según sus dogmas, emprendían un viaje al paraíso por morir luchando. Paraíso. Una forma seductora de llamar a la muerte.
Las risas lo aliviaron de la furia y la tensión de la batalla que aún llevaba dentro. Ambos admiraron la Esfinge. Estaban ante un rostro colosal y misterioso. Próspero sentía curiosidad por saber cómo era el resto de la figura y preguntó muchas veces en El Cairo. Nadie lo recordaba. Quizá llevaba siglos enterrada. Ni siquiera Mehmet, que parecía conocer bien todas las leyendas de su país, lo sabía.
Sobre la meseta de Guiza circulaba una colección de mitos y fábulas. Muchas hablaban de aventureros que se habían hecho ricos. En general, seguían pistas de arcaicos mapas que solo unos elegidos sabían descifrar o se guiaban por señales que les eran transmitidas en sueños. En otros casos, los protagonistas eran objeto de maldiciones y castigos divinos.
—Conozco un lugar donde aún deben de quedar tesoros —dijo Mehmet entornando los ojos, con expresión misteriosa—. Cuando era pequeño viví en otro pueblo. Una vez fui con mi hermano a un templo oculto en una montaña, pintado de muchos colores. Hay muchos más. Es un sitio prohibido. En ese valle hay almas que vagan en pena y gritan por la noche. Pero ya soy mayor y tan valiente como tú, no tengo miedo. Me atrevería a volver contigo.
El muchacho observó que la oscuridad comenzaba a ceñir la meseta. Mantenía la creencia de que el ocaso era el momento más peligroso, cuando los espectros abandonaban su descanso para acechar a los vivos.
—Ya han desaparecido nuestras sombras, deberíamos volver, se hace tarde.
Próspero percibió el miedo del crío y sonrió. Aunque Mehmet siempre le aseguraba que era valiente, resultaban frecuentes aquellos brotes de temor infantil. Al incorporarse echó un vistazo a la Gran Pirámide. Si recordaba el tacto de los dedos invisibles que lo habían tocado cuando estuvo en su interior, aún sentía escalofríos. Se había jurado no volver a meterse en aquel agujero, y era capaz de torcerse un pie aposta en caso de que algún superior le ordenase que se sumara a otra expedición. Al mismo tiempo le intrigaba lo que le había sucedido. Preguntó al niño si conocía alguna historia que hablara de un fantasma en el interior de la Gran Pirámide.
—No, pero seguro que dentro hay muchas almas perdidas que no saben salir. Debemos marcharnos antes de que aparezca alguna —insistió con prisa el muchacho mientras le daba un ligero tirón al uniforme para que se pusiera de pie.
El soldado estiró los brazos con pereza antes de incorporarse. El ocaso era un momento especial en El Cairo. Los colores del paisaje se volvían más intensos bajo esa luz. Ayudó al niño a subir a lomos de un caballo para emprender el regreso. En una de las puertas de la ciudad se despidió de Mehmet, que siempre lo miraba con tristeza antes de volver con su amo. Próspero no tenía intención de descansar. Iba a dejarse seducir por los placeres de «Las Mil y Una Noches».

Louis esperaba a su amigo bajo el arco de otras veces. Lo vio acercarse en la penumbra de una callejuela.
—Ya era hora, hermano, llegas tarde. Pero te tengo reservada una grata sorpresa, algo que no te imaginas —Louis escondía las manos en la espalda mientras saludaba.
—¿Me ocultas algo? —preguntó Próspero con ironía mientras movía el cuello para intentar averiguar de qué se trataba.
—Algo que se llama… ¡Vino! Una delicia para tu paladar y para pasar una velada inolvidable —le respondió mostrándole la botella con vanidad.
—¿De dónde lo has sacado? —la pregunta sonó a reproche. Estaba seguro de que su compañero se había saltado alguna norma para conseguir ese botín.
—Del equipaje de un oficial al que esta mañana ayudé a instalarse en un cómodo palacio. Este ha sido mi regalo por un trabajo bien hecho —orgulloso, exhibió su trofeo.
—Venga, hombre, algo me dice que lo has robado.
—Bueno, no se dará ni cuenta. Además, no tiene sentido que me la beba sin compartirla. Es como seducir a una mujer hermosa: si no se lo cuentas a alguien tienes la sensación de que no ha sucedido.
—Entonces ábrela y bebe inmediatamente. Es una orden —se le escapó una sonrisa a pesar de esforzarse para aparentar autoridad.
—Siente el aroma, ¿no es maravilloso? Es como estar otra vez en París.
Se acercó a la botella para aspirar el olor. Lo transportó a las tabernas parisinas. El sabor del primer sorbo lo imaginó ante suculentas bandejas con lechones asados, el fuego de una chimenea y el aroma a leña quemada en invierno. Estaba tan lejos de lo que consideraba su casa que pequeños detalles como ese le despertaban una fuerte añoranza.
A Louis lo conoció nada más enrolarse en el ejército y congeniaron en cuanto cruzaron las primeras palabras. Era la persona a la que más detalles había confesado de su pasado y de sus sentimientos. Junto a él, las marchas atravesando regiones interminables siempre parecían más llevaderas, ya que detrás de una broma surgía otra y sabía cómo ahuyentar los malos augurios en circunstancias adversas. A la hora de luchar nunca se perdían de vista para parapetarse el uno al otro en caso de verse acorralados, y después tampoco, pues el triunfo era un motivo de celebración que los unía como anillo al dedo. Compartían agua y alimento, penas y alegrías. Era habitual que entre ellos se llamaran «hermanos».
Entre trago y trago, charlaron en una calle desierta. Luego dejaron que sus pasos les dirigieran hasta un burdel cuya fama se había extendido a los cuatro vientos. A veces era necesario cerrar el local ante la avalancha de clientes y la falta de mujeres para satisfacerlos a todos.
Dos jóvenes expuestas en la entrada y ataviadas con delicados velos eran el reclamo que anunciaba placer y diversión. Las custodiaba un proxeneta gordo y de poblada barba que los invitó a pasar con un gesto. Música, penumbra, humo de pipas, mujeres. El ambiente les murmuraba «Bienvenidos».
Una tarima de madera acogió a una hermosa bailarina envuelta en un gran velo negro. Iba a dar comienzo un espectáculo que entusiasmaba a los dos amigos y que los había convertido en asiduos del garito. Una tela oscura en forma de tubo rodeaba el cuerpo de la chica. Acompañada de sensuales movimientos mostraba los hombros, una pierna, un pecho, mientras el lienzo se ajustaba y marcaba su silueta. Había siempre más silencio cuando la artista iniciaba su contoneo, aunque pronto los impacientes soldados empezaron a subir el tono. Primero con algún silbido, después con aplausos y gritos, hasta estallar en un delirio colectivo. Era frecuente que los empleados del burdel los contuvieran cuando se abalanzaban sobre ella.
Hasta Próspero se acercó una joven de largos cabellos y ojos oscuros. Se sentó a su lado. Las egipcias olían a canela, como los pasteles que servían con café. Atraído por el perfume, le acarició el rostro y dejó resbalar la punta de los dedos sobre el cuello impregnado de aceite, hasta rozarle el escote.
Ella le miró con deseo y rozó los labios con los suyos, sin llegar a besarle. Un momento después, el soldado se levantó en busca de una habitación. Tuvo que pagar más dinero delprevisto, pero no le pareció oportuno empezar a regatear. El trato podría alargarse demasiado y enfriar el calor que sentía en ese momento. La pareja entró en un cuarto acogedor, con inciensos y velas. En el centro había un lecho con almohadones y sábanas de algodón, donde él se sentó.
La muchacha se inclinó y le ayudó a quitarse las botas. Él se quitó la casaca, la camisa. Ella comenzó a desnudarse, dejó caer con suavidad uno de los velos que la cubrían. Las transparencias mostraron un poco más el cuerpo de la joven. Le excitó acariciarla y que sus manos resbalaran con facilidad sobre su piel, embadurnada y perfumada. El aire olía a jazmín.
El corazón de Próspero se aceleró cuando la mujer calentó un frasco de aceite sobre la llama de un candil. Después esparció el líquido templado, muy despacio, sobre su amante. Recorrió todo su cuerpo suavemente, extendiendo el ungüento: el pecho, el vientre, los muslos. Piel contra piel, ambos se deslizaron en una caricia tibia y escurridiza. Desenfrenada. Cuando la poseyó ardía por dentro y por fuera. Ella se estremeció con los ojos cerrados, respirando agitada. Más allá del placer, él sintió algo de magia. Tuvo miedo de sentirse atraído de verdad. Decidió no volver a besarla. Después descansó sobre el pecho de la mujer, respirando el aroma dulzón que envolvía la estancia. Sin querer pensar más.
Cuando amanecía, se levantó para reincorporarse a la vida castrense. La muchacha, aún desnuda, se dirigió a él y le entregó la camisa: «Monsieur, ¿volverá?» «Sí, volveré.» No la miró a los ojos. Mintió. La cabeza le decía que lo más sensato era no verla nunca más. Y si regresaba al burdel, dejarse arrastrar por cualquier otra.
Salió de la habitación y cerró la puerta, sin mirarla. Se concentró en buscar a Louis, que yacía junto a otra joven en una estancia cercana. Lo despertó y un instante después ambos se alejaron.
Caminaban por una callejuela, todavía cerca del burdel, cuando comenzaron las risitas cómplices, las miradas furtivas.
—Ya sé, ya sé, no me digas nada. Te lo voy a describir yo. Ha sido irrepetible, algo jamás visto —afirmó Louis.
—Estoy hechizado. A las mujeres egipcias algunas de esas mañas que saben solo se las ha podido enseñar Satanás. ¿La chica con la que tú has estado ha utilizado aceite o algún ungüento? —apreció cierta envidia en los ojos de su amigo que dejó de andar para interrogarle con más detenimiento.
—¿Aceite? Pero, pero… bueno, ¿se puede saber qué has estado haciendo con un ungüento? ¿Hemos estado en el mismo sitio y hemos pagado lo mismo o crees que tengo que volver para reclamar?
—Le he debido de resultar muy seductor —levantó las cejas y estiró la espalda con aire victorioso.
—El vicio te matará, te lo advierto —aseguró Louis—. Además, debemos contenernos o nos arruinaremos. Ahí dentro nos despluman como a gallinas.
Próspero bromeó y se puso de rodillas en plena calle:
—Ten piedad, dime que lo repetiremos y que tú traerás más vino. En París nunca será como aquí, pero tú estarás allí para recordarme que no ha sido un sueño.
Estallaron en carcajadas y continuaron andando.

jueves, 24 de enero de 2013

LA CRIPTA DE LAS ESTRELLAS (Capítulo I. Primera parte)





Portada que ilustrará la novela "La cripta de las estrellas".

El niño egipcio abrió su mano polvorienta y mostró a Próspero un colgante de plata. Un ojo de halcón. Podía haberse quedado con él a cambio de unas monedas, pero el vendedor le señaló con deseo dos botones dorados del uniforme. Él se los arrancó con el puñal que llevaba en el cinturón y se los entregó. Luego le dio una palmada cariñosa en la frente. Ese trueque era la última moda en El Cairo. Había militares que presumían de haber adquirido joyas de mucho valor recurriendo a ese mismo intercambio. Este no era el caso, pero el crío era el único nativo al que el soldado consideraba su amigo. Ambos estaban sentados sobre la montaña de arena que envolvía La Esfinge. Contemplando el atardecer. El muchacho se llamaba Mehmet. Debía tener ocho o nueve años, pero no sabía su edad. Era muy delgado, por lo que sus grandes ojos castaños llamaban la atención. Tenía la piel del color del chocolate. La túnica que llevaba puesta era todo lo que tenía. En algún momento fue blanca, pero ya palidecía en un abanico de tonos amarillentos y grises. Siempre iba descalzo.
Ambos se habían conocido en un típico café donde los clientes se recostaban entre almohadones y charlaban, aunque ahora los abarrotaban las tropas francesas que habían seguido a Napoleón hasta Egipto. Próspero se encontraba en esa ocasión junto a otros reclutas y un grupo de muchachas que tras la invasión se atrevía a caminar sin velo. La reunión informal entre personas de distinto sexo era uno de los cambios que los aires liberales habían provocado en breve tiempo. Pero también era un motivo para que los egipcios conspiraran planeando una revuelta. Esa estampa era por sí sola una vergüenza para muchos islámicos, que veían impotentes como las mujeres perdían el pudor al lado de extranjeros, llegando en ocasiones a convivir con ellos.
Los invasores les habían liberado de la tiranía de la estirpe mameluca. Pero no era suficiente. La mentalidad musulmana rechazaba estar bajo la voluntad de infieles que bebían alcohol hasta perder el juicio o que mostraban desprecio hacia tradiciones como la circuncisión. Las críticas eran constantes. Desde soportar excesivos impuestos a tener que aceptar sanciones por incumplir normas urbanas sobre alumbrado o limpieza, que les resultaban insólitas.
Para Mehmet, ajeno a esos problemas, el soldado era mucho más que un guerrero que había espantado a los amos más crueles que había conocido. Le admiraba y estaba seguro de que era el más valiente. Sabía que procedía de un país llamado Francia. Un lugar que le parecía tan lejano como las estrellas. Al igual que el resto de egipcios, el niño nunca había visto a hombres que caminaran con las piernas ceñidas en tubos de tela, que lucieran sombreros tan distintos a los turbantes y que mostraran orgullosos la barbilla afeitada, porque allí sólo iban así los esclavos. Pero para él, el encuentro entre dos mundos tan diferentes era, más allá de la novedad, un espectáculo fascinante.
La vida del crío transcurría entre la medina y el café. De día ofrecía fruslerías a los franceses, los primeros viajeros que recibía de forma masiva Egipto desde la Antigüedad. Por la noche, el propietario del local le obligaba a despojarse de su harapiento vestido,  y a enfundarse en unos anchísimos bombachos y un chaleco corto de color púrpura para atender a la clientela. Hasta que caía rendido por el cansancio.
Unos meses después de servir a los extranjeros y de poner los cinco sentidos en cada palabra que escuchaba y repetía, ya era capaz de expresarse en francés con cierta soltura. Al menos para manejarse con los pedidos y regatear.
Quiso ser la sombra de Próspero desde que éste le propinara un cachete afectuoso en la frente y le entregara una propina. Nunca antes había recibido un premio. Siempre que coincidían en el café, le invitaba en secreto a un pastel de hojaldre y miel. El detalle conmovía al adulto, que le veía trajinar entre delantales y servilletas para no ser visto por el dueño.
Muy pronto, el soldado recurrió a Mehmet para que le guiara en la maraña de bazares repletos de comerciantes y artesanos. Entre especias, delicadas telas, alfombras y joyas, Próspero conoció el negocio de venta de esclavas. Casi siempre se trataba de jóvenes extranjeras. Le asombraba que el precio de una de ellas solo costara un mes de su salario. 
 En aquellos paseos el pequeño le confesaba a veces detalles de su vida. No recordaba a su madre. Junto a su padre sirvió durante un tiempo a un noble mameluco. Hasta que logró escaparse para evitar las torturas. Desconocía cuál había sido el destino de su progenitor tras la invasión. Los mamelucos huyeron de forma precipitada y abandonaron los palacios. Ahora era Bonaparte y los altos mandos quienes disfrutaban de las grandiosas estancias y los baños de mármol. También de las mujeres de los harenes, a quienes dejaron olvidadas a su suerte.
Al militar le gustaba proteger al niño y arrancarlo del duro trabajo a cambio de pagar algo de dinero a su patrón. Quizá porque las biografías de ambos coincidían en más de un detalle. Aunque les separaba un universo en la forma de pensar. Próspero daba por hecho que su vida había sido un cúmulo de desgracias y mala fortuna desde el día que nació, hasta que se enroló en el Ejército. Sin embargo, Mehmet estaba convencido de que siempre le acompañaba la suerte. Las desdichas a las que se enfrentaba eran como las de cualquier otro de su misma condición. Pero él, por ejemplo, conservaba al completo su dentadura sin manchas negras. Además, había escapado del castigo más espantoso: la mutilación. No le faltaba aún ni un dedo, ni una oreja. Y fatalidad era padecer lepra o peste, pero si gozaba de algo, era de buena salud.

lunes, 14 de enero de 2013

LA CRIPTA DE LAS ESTRELLAS




Appaaloosa Editorial publicará próximamente mi novela “La cripta de las estrellas”. Mientras llega ese momento, he pensado compartir aquí un avance. Lo haré en entregas durante varias semanas, mientras espero que el libro se convierta en realidad. El mayor deseo es que os guste la trama y os apetezca seguir leyendo.







El Cairo, 1798

Una bala perdida cambió el destino del joven soldado Próspero Moreaux. Tras un fogonazo, el proyectil atravesó el túnel donde se encontraba junto a otros compañeros. El impacto duró un segundo. No le hirió. Sin embargo, muchos años después, fue consciente de que su futuro tomó una dirección que jamás habría imaginado, justo en ese instante. 
Él formaba parte de un equipo elegido para explorar la construcción más extraña que el ejército galo había visto nunca: la Gran Pirámide. Eran unos cinco o seis hombres que avanzaban en fila sobre una rampa descendente, serpenteando, sin altura suficiente para poder incorporarse.
 Otro soldado, situado en la última posición del grupo, se envalentonó. Dijo que una bala les daría una pista de dónde finalizaba la galería. Mientras hablaba, ya estaba apuntando con el cañón al vacío. Disparó sin que nadie pudiera impedirlo. El mando que encabezaba la expedición solo tuvo tiempo de balbucear. La voz sonó como un sollozo, impropia de un superior. Los demás, enmudecieron.
 El estruendo derritió el valor de Próspero, paralizándole. El plomo bufó junto a su cabeza, quemándole la oreja. Presintió que la buena suerte que siempre creía que le protegía, le abandonaba. A ras de suelo, luchó con desesperación para asegurar las suelas de las botas al muro y evitar caer al vacío. Supuso que los demás estaban corriendo la misma suerte.
De repente, el ala de un murciélago le impactó contra una mejilla. El disparo provocó la estampida de centenares de quirópteros que hasta ese momento permanecían aletargados. Detrás de la primera bofetada vino la siguiente, hasta que sintió que le lapidaban. Asumió que la misión era una trampa mortal. La única defensa ante aquel ataque era agitarse como un títere. La cadena de golpes provocó que perdiera la antorcha que le abría camino, no sin antes prenderle fuego a sus pantalones. Se apresuró a sofocar las llamas con la mano que le quedaba libre, húmeda de miedo.
Sudoroso sobre la pared inclinada se imaginó como una larva, a la espera de ser devorada por otro insecto. Respiró despacio para recuperar la calma. Se preguntaba por qué él figuraba entre los elegidos para investigar las entrañas de la Gran Pirámide, cuando entre las tropas de la Armada Francesa había miles de hombres más.
Meterse en la boca del lobo sin que dentro hubiera nada que
conquistar ya era de lo más estúpido, pero apretar un gatillo, eso sólo podía haberlo hecho un idiota.
 La antorcha de Próspero no fue la única que se perdió, otras también se apagaron al chocar contra la avalancha de murciélagos, tan aterrorizados como ellos. En el desconcierto, uno de los hombres que estaba detrás de él, resbaló y cayó. El grito fue escalofriante. La espalda de la víctima patinó por la suya, pero el instinto de supervivencia le impidió ayudarle. Se limitó a descargar toda la fuerza en las rodillas, con las que trató de adherirse a la piedra y aferrarse a la vida. Mientras tanto, el compañero rodó hacia lo desconocido. Se zarandeó de un lado a otro, buscando inútilmente algo a lo que asirse.
 El tiro tuvo más consecuencias. La detonación se transformó en un estallido apocalíptico que primero les rompió los tímpanos y luego se diluyó en algún punto muy lejano. Cuando creyeron que cesaba la amenaza de fallecer aplastados si se derrumbaba la montaña de piedra, el sonido regresó hacia ellos con la misma intensidad. Sin perder ni un ápice de potencia. Sin encontrar una ranura por la que fugarse. El fenómeno se repitió una y otra vez. Inmóviles, los minutos se transformaron en eternidad.
El silencio fue el primer síntoma de normalidad. Pronto escucharon los quejidos del herido, quien no parecía estar demasiado lejos. Después, la temblorosa súplica de perdón del soldado que había disparado. El superior suspiró con rabia y le avisó de que nada iba a librarle de un castigo del mismo calibre que el error que había protagonizado, si lograban sobrevivir.
La orden de seguir avanzando hacia la oscuridad empujó a Próspero a reptar contra su voluntad, moviendo cada extremidad con sumo cuidado, con los dedos agarrotados y los muslos rígidos. El hedor era insoportable desde el principio del camino, asfaltado de guano y un rastro de suciedad acumulada durante siglos.
 El oxígeno se consumía a marchas forzadas. Hacía mucho tiempo que nadie abría la boca respecto al mandato de informar sobre cualquier elemento extraño que localizaran o llamara su atención.
 En ese punto de la marcha, Próspero, comenzó a sentir otra clase de temor, pero esta vez, irracional desde cualquier punto de vista. Era consciente de que sólo la Nada le precedía, pero aun así, percibía la fuerza de una extraña presencia situada ante él que le succionaba el aliento y le debilitaba. Como si se dejara caer sobre sus hombros y le incitara a dormir. Intuía que ese ser invisible estaba justo delante de su rostro, era inmenso y ocupaba el espacio total de la oscuridad. Quizá había conectado de alguna forma misteriosa con el alma misma de la oscuridad. Le absorbía las energías, tiritaba. Escuchó sus dientes castañear y el pulso de la sangre le coronaba las sienes.
 El disparo había despertado a un ser de otro mundo y no sabía cómo combatirlo, pero esa idea le pareció muy simple y trató de desterrarla. Se aferró a la realidad y se palpó la cintura para localizar la navaja que siempre ocultaba bajo su cinturón. Seguía ahí,  pero era inútil usarla para defenderse. 
 La mentalidad de estratega le repetía que era necesario alertar a los demás del peligro, pero comprendió que era incapaz de describir qué era lo que les estaba rodeando. A pesar de la sensación de riesgo, sintió un espeso sueño y se le escapó un bostezo. En algún momento le sacudió el cuerpo una cabezada sorpresiva. Descubrió asombrado que le había arrastrado una pesadilla fugaz en la que escuchó un susurro débil y profundo. Una brisa helada se le clavó en las amígdalas, dejándole un pinchazo de dolor a cada trago de saliva, que también se le agotaba. 
Asustado, giró el cuello hacia atrás y captó que nadie más daba muestras de registrar su mismo malestar ni sus percepciones. De hecho, el geógrafo que les acompañaba había retomado su labor comprobando en voz alta el excelente pulido de los bloques de piedra, los cuales no se podían ni siquiera atravesar por las juntas con la hoja de un cuchillo. Sin embargo, él solo se visualizaba dentro de una chimenea apestosa, en el asqueroso recto de un gigante que se estaba apoderando de su esencia vital y del que necesitaba escapar a toda prisa.
Había llegado a la suposición de que atravesaba un enclave maldito cuando alcanzaron la meta, un triste cubículo que por lo visto la ciencia ya lo había bautizado como la Cámara del Rey, pero que al menos les permitía permanecer de pie. La única recompensa tras el dificultoso viaje era la desnuda presencia de un sarcófago de granito. Por supuesto, vacío.
Alguien atendió al herido, que mostraba una brecha abierta en la frente y quizá alguna costilla rota.
 Dentro de la estancia, Próspero recuperó la antorcha con la que alumbró al experto que tomaba notas en un cuaderno y realizaba mediciones sobre detalles arquitectónicos. El superior comprobó que temblaba y le preguntó si se encontraba mal. Respondió que sí, pero que debía deberse a la falta de aire y al olor pestilente, que no tardaría en recuperarse. Por si acaso, buscó apoyo en uno de los muros.
El científico compartió con los demás apasionadas teorías sobre el propósito de la enigmática edificación, fórmulas matemáticas y conexiones astronómicas, pero entre soldados no encontró a nadie dispuesto a rebatirlas.
Próspero comprendía el entusiasmo que embargaba al geógrafo, pero él tenía muy claro que no había nada que descubrir. Aquel lugar no era más que un sepulcro descomunal que había sido saqueado durante siglos y no habían dejado ni un hueso de muestra. Y eso era fácil de deducir, ya que el continuo paso de las teas había ennegrecido el conducto hasta apenas dejar ver el color original de los sillares. Ni un grabado, ni una pintura adornaban las paredes. En su opinión, la omnipresencia que desprendía el monumento en el exterior se desvanecía en el interior.
Por fin emprendieron el retorno. El compañero lesionado se mostró dispuesto a escalar, aunque sufría un fuerte dolor en el costado. Los demás acordaron ayudarle, dejando que apoyara los pies en los hombros de otro colega para impulsarse, y así, aminorar el esfuerzo durante el ascenso.
Una mano invisible recorría el cuerpo de Próspero mientras trepaba. Era una caricia helada. Apretó los labios para lidiar contra el cansancio, que le incitaba a acurrucarse y descansar. Justo antes de que el sol le alcanzara los ojos, un lazo invisible se enroscó a la altura de su rodilla. El tirón le encogió la boca del estómago. Aterrorizado, se lanzó hacia el agujero que le conectaba con el mundo real. Una bocanada de aire sofocante le hizo cavilar con rapidez que la experiencia había sido una alucinación. Algo lógico que podría descifrarse, como los espejismos que había soportado en el desierto. 

A pesar de meditar muchas veces sobre el suceso en busca de respuestas, no se sintió capaz de compartir esa vivencia con nadie. Ni siquiera con Louis, su mejor amigo. La incertidumbre le sobrecogía en momentos de soledad, le hacía sentirse frágil, pero se limitó a fingir que no había sentido miedo. Lo más probable es que Louis se burlara de él. Al fin y al cabo, dos tipos entrenados para matar no creen en fantasmas.