jueves, 28 de octubre de 2010

ROJO PASIÓN

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Rojo pasión. Ese era el color de mi camisa y mis labios ayer por la tarde. No lo elegí por casualidad. De esta guisa me indicó el vidente que debía acudir a su consulta si quería conocer mi futuro.
                        Ir a esa cita fue una decisión tomada en un momento de debilidad. Después de que una de mis amigas, Sandra, me insistiera una y otra vez, convencida de que me guiará de forma correcta y dejaré de tropezar a la hora de tomar decisiones.
                       Tengo que confesar que ella está enganchada a ese vidente, que nos ha contado “revelaciones” que nos han dejado al resto de amigas con la boca abierta. Se trata de adivinaciones como que el chico que le gusta tenía otra novia o que su pareja le era infiel, detalles que le han permitido adelantarse a la jugada y ganar la partida.
                      El vidente realiza su tarea muchas veces de forma altruista y ya le había comentado a mi amiga que no pensaba cobrarme, ni siquiera la voluntad. Que quería verme porque sí. Con lo cual, hasta supuse que tenía algo importante que comunicarme “desde el otro lado” y me he estaba oponiendo al destino. Luego jugó una baza relevante la curiosidad, una mala consejera que un día me matará a disgustos.
                     Menos mal que ella tenía el día libre y yo estoy en paro, porque para empezar, la lista de gente esperando superaba a la de la Seguridad Social. Es increíble la de personas que depositan su fe en este tipo de personajes. Y entre ellos estaba yo, con mi camisa roja de dos temporadas atrás y un ramo de claveles blancos entre las manos. Desde mi asiento, comencé a sentirme estúpida. Cada uno de los presentes llevaba una ofrenda, como yo: manzanas, pan, flores de otros colores. Por alguna ley espiritual desconocida que se nos escapa a los mortales, mis flores tenían que ser blancas.
                     En ese punto ya quería irme, entre aquella pandilla de diversa procedencia y de todas las edades, empezaba a deducir que allí no estaba mi sitio. Pero allí, estaba mi amiga, dispuesta a retenerme para ayudarme a ver “la luz”. Según ella, es normal que hubiera más gente que de costumbre. “Se acerca la noche de Difuntos y los espíritus están predispuestos a abandonar las fronteras del inframundo y contactar con los vivos”. Después de esperar hasta que el ramo comenzó a ajarse, escuché mi nombre a través de una puerta entreabierta. Era un toque más de misterio. Ver al gran protagonista lleva su tiempo.
                     Al fin, contemplé el escenario. Luz escasa y muchas velas nos recibieron. La misma voz de antes me invitó a sentarme descalza sobre una alfombra, junto a mi amiga, de la que ya no me quería separar. Ahora empezaba a tener miedo.
                       Él estaba de espaldas, sentado en un taburete diminuto que apenas le separaba un palmo del suelo, ante un cenicero donde reposaba un puro largo como medio brazo. Las espirales del humo del tacaco nos envolvían. El aroma era peculiar entre el habano y los pétalos de flores que había esparcidos por el suelo.
                       Por lo demás, en el aspecto del médium no había ningún rasgo que pronosticara que había sido dotado con algún tipo de poder. Era un hombre de mediana edad, algo calvo y con gafas.
                       Tardó en girarse hacia nosotras. Mi acompañante me susurró que aún no estaba preparado, que a lo mejor hasta nos hacía regresar otro día. Vaya faena. Después de unos minutos de concentración interior nos miró de reojo. Al fin se dirigió a mí: “Vaya, te has decidido a venir. Te estaba esperando”. Dije un tímido “sí”. Admito que me encontraba ligeramente nerviosa, con esa interrogante de “¿y ahora qué?” flotando en mi cerebro.
                      ¿Y ahora qué? Ahora viene lo peor.
                      En primer lugar cogió una botella de ron que había a su lado y pegó un buen trago. Estuve a punto de reírme. Así también hablo yo con los espectros, aunque los mensajes nos iban a llegar confusos.
                      Para mi asombro, el alcohol no lo deslizó por su garganta, lo removió en sus mofletes, enjuagándose a fondo la dentadura mientras me observaba muy fijamente. Lo que sucedió después fue, sencillamente, asqueroso. ¡Me escupió! Me escupió con extrema puntería todo el ron que llevaba en la boca, como si llevara un aspersor entre los dientes. De arriba a abajo. Y, por supuesto, me empapó la camisa, dejándome destemplada, húmeda y con una peste difícil de olvidar.
                       Por lo visto, ese asqueroso paso era necesario para limpiar mi aura, una energía que arrastro conmigo y que es cierto que nunca me ha dado por asear, ya que ni siquiera sé en qué parte de mí se encuentra.
                       El hombre se limitó a decirme “no pienses en nada, deja tu mente en blanco”. Pero ¿es que podía pensar en algo? No me he quedado más en blanco en toda mi vida. Lo único que pude hacer es entreabrir los labios para dejar entrar algo de aire y no caerme muerta.
                        Pero por lo visto, mi mala suerte no tiene límites. En opinión del médium, el ron no consiguió purificarme ni un poco, había suciedad en mi aura para dar y vender. Así que, ni corto ni perezoso cogió el ramo de claveles, aspiró su aroma y acto seguido comenzó a aporrearme con él. Una sacudida tras otra sobre los hombros y el tórax otra hasta que lo destrozó y me encontré rodeada de capullos. Y entre todos ellos, mi amiga, que contemplaba el espectáculo la mar de tranquila. Para terminar, dio un par de caladas al puro y me tiró el humo a la cara. “Ya estás limpia”. En mi percepción, yo estaba sucia y contaminada. Solo agradecí no tener que pagar por dejarme ensuciar. Por lo visto, en ese estado es como más le gustas a los espíritus, que ahora, querían hablarme. 
                    “Tienes que ser fuerte, estás atravesando una prueba. El camino es largo, pero podrás superarlo”. Silencio. Más silencio. Al final pregunté incrédula: “¿Ya está?”. Pues sí, para ser mi primera vez, ya he recibido más información de la que necesito. Resulta que si quiero saber más, tengo que someterme a una segunda cita. Me levanto para salir y lo tengo claro, el médium se puede quedar esperándome en la sillita el resto de su vida.
                 Una vez en la calle, bien entrada la noche y con una temperatura de unos doce grados, comprendo que mi chaqueta es insuficiente para abrigarme. El resfriado es inevitable. Antes de llegar, necesito descargarme en mi amiga: “hija puta, tenías que haberme avisado de que este vidente es un cerdo”.  Ella se muestra segura en su respuesta: “claro, y entonces no vienes y te pierdes lo que te ha dicho. Lo que tienes que hacer es regresar otro día, verás cómo te orienta”.
                     Y me encontré sin un ápice de fuerzas para discutir. Para colmo, empezaba a ser víctima de una jaqueca descomunal. Por el puro o los nervios acumulados. Una vez en casa, me duché y tiré mi camisa rojo pasión a la basura. Una lástima, con lo que me gusta y la poca ropa decente que tengo.
                    Mi amiga me ha llamado para ver cómo estaba. Insiste en que tengo que pedir otra cita. Me he mostrado contundente. Si quiere que vuelva tendrá que arrastrarme o emborracharme, además de regalarme un impermeable y una bufanda.
                    Eso sí, sigo bajo los efectos del color rojo. Roja a causa de la fiebre. Con la nariz, roja como un tomate. Y lo que es peor: roja de rabia.  

miércoles, 20 de octubre de 2010

QUE-TE-JO-DAN

El flotador de grasa que mostraba alrededor de la cintura el jefe de la redacción  anunciaba que se trataba de un hombre poco generoso, con tendencia a retenerlo todo. Ese rasgo físico es, por lo visto, uno de los muchos que pueden delatar nuestros defectos. Si te fías de las reglas del lenguaje corporal del Feng Shui, claro. Al parecer, esta filosofía la puedes aplicar a cualquier cosa. En este caso, creo que la sabiduría oriental acertó, que el sobrepeso concentrado por aquel hombre entre el tórax y los genitales, era una consecuencia propia de la manera de ser, más que de una mala alimentación y falta de ejercicio.
                          De hecho, este personaje colocado a dedo por algún político de chicha y nabo no estaba dispuesto a regalarme nada desde su puesto de mando en una televisión local. Ni un sueldo decente, ni tiempo libre, ni horario establecido, ni compensación económica por trabajar horas de más…”ya sabes, uno entra aquí a las nueve de la mañana y no sabe cuándo se va, ya sea lunes, sábado o domingo”… Y por lo visto, mi objetivo es dar saltos de alegría si me elige para formar parte de la plantilla.
                         “Y olvídate de pensar en vacaciones”. Creo que fue la última frase que en realidad escuché. Al otro lado de la mesa hice verdaderos esfuerzos por permanecer con el culo pegado a la silla y no salir corriendo. Después mi mente se centró en estudiar el “ser” que me estaba entrevistando.
                        Las toxinas de aquel tipo luchaban por escapar a través de su sudor, a pesar de que en el pequeño despacho no hacía ni pizca de calor. Ni siquiera ellas, las invisibles toxinas, querían quedarse con él, ansiaban fugarse a través de los poros, aunque él optó por quitarse la chaqueta y moverse lo menos posible para evitar que se escaparan. La reacción corporal le estaba provocando manchas de humedad en la camisa y la pérdida acelerada de cabello.
                      “¿Tienes hijos?”. La pregunta me obligó a regresar a la realidad. Dije que sí con la cabeza. Una no puede ignorar así como así un parto de catorce horas. Sabía que mi silenciosa respuesta no era adecuada y mi corazón empezó a latir un poco más deprisa.
                          “Pues si te quedas con nosotros tendrás que traerte una foto, no vas a tener mucho tiempo para verlos, ya sabes cómo es esto”. Luego me enseñó unos dientes que hubieran servido de inspiración a “Crónicas vampíricas”. Que alguien me diga dónde está la gracia de semejante frase. Ni uno de mis músculos le respondió. Bueno, mi cerebro sí, le lanzó un “si quieres me tiro al suelo y me pateas un poco antes de firmar esa mierda de contrato que me ofreces”. Eso suponiendo que el contrato exista, que una ya está acostumbrada a que luego tu trabajo se acabe llamando “colaboración” hasta que San Juan baje el dedo, cosa que no ha hecho el santo en un par de milenios.
                       El sonido de una risa quebró el gesto del jefe de repente. Comprobé que no tenía que esforzarse ni un ápice para controlar a sus trabajadores. A través del cristal del despacho observaba todos los movimientos. No le gustó que un empleado tuviera capacidad de ser feliz un instante en horario laboral. Por lo visto, el chaval había tenido la osadía de leerse la tira cómica de un diario y comentarla con un compañero. El instinto me decía que el chico había cometido un error, que su función era limitarse a repasar los titulares de noticias escritas por otros para ver si algo se puede plagiar. Eso es lo que se hace cuando no hay tiempo de investigar, aunque jefes como el que tenía enfrente lo llaman “seguir la rabiosa actualidad”.
                    Tras lanzarle una fría mirada al redactor, el jefe volvió a centrarse en mí.
                      “¿Estarías dispuesta a empezar la semana que viene?”
                       No fui capaz de contestar. Busqué en mi mente la dignidad que había tirado en la papelera antes de entrar, hacía tan sólo unos minutos. La encontré y me la volví a guardar en el bolsillo.
                      Tras mirarle con decisión, respondí: “bueno, antes tengo que estudiar otra oferta de trabajo. Necesitaré unos días”.
                       Él se mordió el labio y deduje que esa respuesta me descartaba de sus planes. Sencillamente, no me había arrastrado hacia las migas de pan que me tiraba. Ni aspecto sumiso, ni desesperación. Le negaba dos elementos necesarios para formar parte del futuro que me ofrecía.
                        Y necesito ese miserable sueldo como agua de mayo. Pero también es cierto que cuando volví a pisar la calle respiré y me sentí libre, como si acabara de soltar un capazo de cien kilos.
                       La palabra crisis significa oportunidad. Seguro que encuentro la mía. Bueno, también tuve un último pensamiento hacia él mientras buscaba en el periódico otras ofertas de trabajo: “Que te jodan, capullo”.

martes, 12 de octubre de 2010

EL PODER DE LA CERVEZA

Me he sometido al influjo de la cerveza. ¡Y ha funcionado! Resulta que un tercio y compañía divertida es la mejor receta para dar carpetazo a más de un asunto de esos que no dejan de rondar por tu cabeza.
              Me he reído tanto que aún me duelen las mandíbulas.
              Resulta que estoy atravesando “una crisis positiva”. Se trata de un estado que ya definió Alfredo Bryce Echenique en su libro “La vida exagerada de Martín Romaña”. Bryce asegura que la superó sentado en un sillón Voltaire, pero a mi me parece que también bebía para olvidar. Además, no hay ninguna pieza de diseño en mi modesto hogar, donde impera un sobrio estilo sueco. De hecho decidí correr hacia la barra a por otro tercio, incapaz de imaginarme cómo debe ser una crisis negativa, lo cual fue motivo de más cachondeo entre mis colegas.
              Uno de mis amigos mantiene que la cerveza, consumida con moderación, mata las neuronas lentas, con lo cual las rápidas se activan e impulsan la agilidad mental, mejorando el rendimiento laboral y creativo. Pero claro, yo he desterrado la moderación de mi mente, la cual navega entre los extremos de casi todo. Arriba o abajo, blanco o negro. Dejando de lado cualquier emoción que te acerque al ansiado equilibrio.
               Pero esta noche estoy arriba, justo al filo de un trampolín. Y todo es blanco. Y me río hasta caerme muerta.
               Por alguna traición del subconsciente alguien me ha recordado a uno de mis ex. Un tipo extraño al que conocí de forma casual y que tras un viaje a París decidí que era una relación imposible. Su mayor preocupación en la ciudad del amor era encontrar un regalo adecuado para su madre, otro para su hermana y otro para su sobrina. Y aquella misión fue agotadora. Lo peor es que tras darle muchas vueltas a su cartera y a unos 400 escaparates se decidió por comprar tres muñecas de porcelana. Enormes y terroríficas. Formaban una especie de trío maquiavélico que me quitó el sueño durante el resto del viaje. Me preguntó si me gustaban. Dije que no, una y otra vez. Pero mi opinión no sirvió de nada, aunque me alegré de no conocer aún a su familia. Por lo visto en sus dormitorios reposaban centenares de esas pequeñas, pálidas y mofletudas.
                Pero lo peor vino después. Dedicó todo su esfuerzo en vigilarlas para que no sufrieran ningún daño.
               El recorrido por el aeropuerto para emprender la vuelta a casa fue una tortura, con las trillizas acomodadas sobre las maletas del carro, al que nadie podía acercarse y protegía con su vida. Mientras aquellos ojillos de las parientes de la familia Monster se abrían y cerraban a través del celofán de sus cajas yo ya tenía muy claro que aquella historia había muerto. Sobre todo, deseaba que nunca, nunca jamás, me hiciera un regalo.
               No sé por qué conté aquel instante de mi vida, que afloró de repente detrás de esa persiana que le echamos al pasado. Pero no sabéis hasta que punto mis inseparables camaradas de cervezas se han reído de mí. Y yo de mí misma.
               Para colmo, aseguran que lo que necesito en este punto de mi vida es ligar. Y además, insisten “con gente normal”.
               ¿Gente “normal”? ¿En qué se diferencian los “normales” del resto? ¿Seré “normal”?
               Creo que necesito otra cerveza.

sábado, 9 de octubre de 2010

LA VUELTA A CASA. LA CRUDA REALIDAD

No sé cómo he podido quedar en libertad con esta cara. Me he mirado al espejo y yo misma me habría metido en prisión. Nadie en el mundo debería haberme visto así, con el rimel extendido por todo mi contorno de ojos y unas bolsas que podría haber calificado de sacos.
                   Lo sé. Sé que podía haber ido a mi cita con el piquete con la cara lavada, pero una decide salir bajo una máscara de maquillaje cuando las cosas van mal, pensando que así disfrazamos los malos momentos. Supongo que lo que ahora veo frente al espejo no es más que el cúmulo de decepciones que arrastro, evidencias que la cosmética no puede ocultar.
                    Podía haber sido un juicio rápido, pero la Justicia ha decidido que sea lento. Quién sabe cuánto. Así que, un día de estos volveré a encontrarme en un banquillo. Frente a frente con el rostro de la Ley, que me parece que es tan terrible como el mío en este momento.
Necesitaba desempolvarme del mal rollo de las últimas horas y me he metido en la bañera. Con el agua hasta el cuello he desnudado hasta mi alma y me he reído de mí misma, por alguna razón que desconozco.
                      Quizá es que en este momento la vida me parece una broma pesada.
                      Pero no me rindo.
                      Ya que no tengo trabajo voy a tomarme el día libre. Una bocanada de aire fresco me vendrá bien para empezar.
                      Y no voy a llamar a nadie para que me acompañe.
                      La soledad a veces es una buena consejera.

miércoles, 6 de octubre de 2010

EL PRINCIPIO

Mi nombre es Sonia Conde. El destino incierto de mi vida es el punto de partida de este diario que he decidido compartir. Soy periodista en paro, me he divorciado recientemente y tengo una hija de corta edad.
                Estas primeras líneas están escritas desde la fría sombra de un calabozo de la comisaría. He sido detenida junto a un piquete sindical al intentar sellar con silicona el candado de la rotativa del periódico en el que trabajé. Espero mi turno para pasar a disposición judicial con el fin de responder de los cargos de daños y resistencia a la autoridad que me imputa la policía.
                 Supongo que no he nacido para figurar en la lista de los que pretenden cambiar el mundo.
                 En estos momentos navego entre un montón de despropósitos dando palos de ciego para encontrar mi lugar en el mundo. Se trata de ese lugar al que han llegado ya la totalidad de mis amigos. Ellos circulan por tierra firme arropados por sus familias, hipotecas, vacaciones y domingos al sol. Mientras tanto, yo me tambaleo sobre una cuerda floja a la que no recuerdo haber decidido subirme.
                   Lo más gracioso es que mi estabilidad se vino abajo justo después de leerme ese puñetero libro que tanta suerte ha deparado al resto de la humanidad. Se trata de “El secreto”, un recurso mental concebido como talismán que nada más ponerlo en práctica ha ido desgajando mis cimientos hasta hundirme.
                    Por mucho que me visualicé feliz junto a mi pareja, ésta no ha dudado en hacer la maleta para mudarse a casa de la que se supone que era mi mejor amiga, con la que compartí cientos de confidencias.
                    A pesar de que me proyecté triunfante en el duro mundo de las exclusivas, mi empresa ni dudó en invitarme a salir por la puerta de atrás junto a otros compañeros con el único objetivo de ver crecer sus beneficios. Ni siquiera han registrado pérdidas.
                   Cuando decido que no debo rendirme, que alguna estrella me guía y que la lucha sindical puede ser un camino, me convierto en la única presa de los agentes que custodiaban el recinto. Como si conmigo no hubiera nadie más. Y para colmo, quejarse cuando te derriban a dos manos contra el suelo se denomina “resistencia”.
                   Decepcionada hasta el límite del sistema y de las fórmulas mágicas para alejar el mal fario, me introduzco en el mundo virtual a la búsqueda de claves que me empujen a dar un vuelco a mis circunstancias.
                    Por cierto, me gustaría saber si alguien más ha corrido mi misma suerte después de leerse el libro o si soy la única de la especie humana que aplica el método al revés.
Espero vuestros sinceros comentarios.