jueves, 4 de noviembre de 2010

LA FIESTA DEL TERROR


Mi hija es una friki. ¿Igual que su madre? Es muy probable que ya formáramos parte de ese grupo de seres humanos y que yo me haya dado cuenta esta noche. Después de acojonar a toda la pandilla del cole con nuestros disfraces de Halloween. La culpa es de la engañosa invitación que recibimos. El cartoncillo negro y ensangrentado requería nuestra asistencia a “una fiesta terrorífica”.
                    Lo más fuerte es que dedicamos mucho tiempo a preparar nuestros trajes. Y tras mirar en Internet, mi hija eligió uno de zombi. Sin dudarlo, le compré en una tienda de disfraces un gorrito con un cuchillo clavado en la cabeza. Vale, lo admito, el cuchillo era enorme. Después la maquillé, le dibujé una herida en la carita con chorretones de sangre. Yo me decidí por uno de bruja mala, reciclando ropa y una escoba de las de toda la vida. De acuerdo… parecía una bruja muy malvada.
                   Antes de salir hice unas fotos. Y asustamos a medio vecindario que tocó el timbre para pedirnos chuches. Lo admito… estábamos en nuestra onda con la luz apagada y dando aullidos.
                  Y fuimos a la fiesta. Y a nadie le hizo ninguna gracia “nuestra onda”. Cuando mi amiga salió a recibirnos en el descansillo de su casa, todo cambió. Su mirada fue el primer dardo envenenado que recibí: “¿Qué le has hecho a la chiquilla?”
                    Me limité a sonreír. Aunque el gesto se tornó en mueca en menos de un segundo. Comprendí que lo de “terrorífico” es sólo una expresión cuando se trata de “otros” niños y allí no había nadie dispuesto a asustar a nadie. Niñitas vestidas de calabaza y algún diablejo se daban cita alrededor de varias bandejas rebosantes de bollería industrial. Tampoco había ninguna mamá con un traje propio de una fiesta de difuntos. Como mucho, un gorro puntiagudo y una peluca de colores.
                          El silencio que nos recibió en el salón fue demoledor.
                          Pero lo peor vino un segundo después. Cuando el pequeño Ismael empezó a gemir llamando a su madre y acabó chillando, entre lágrimas, víctima de un pavor absoluto. Para colmo, mi hija decidió rematarlo extendiendo sus brazos hacia él como si fuera la propia muerte. Y el niño ya no lloraba, se ahogaba.
                         Me sentía incómoda, no había forma de calmar al pequeño y ante los nervios que me estaba provocando, solo pensaba en taponarle la boca con un bollo. A mí me remató la madre de Ismael: “te has pasado de siniestra, no tienes medida”. Silencio. “Mira Lucía, que mona que va”. Me mordí los labios, a nadie le sienta bien llevar un lazo gigante y verde en la cabeza.                         
                          Rodeada de llorones, escucho otra vez a la madre de Ismael: “Conociéndote, te teníamos que haber avisado antes. Vaya forma de asustar a los niños”. De toda la frase, la palabra “conociéndote” fue como dispararme. Devolví la bala sin reflexionar: “conociendo al cagón de tu hijo, no lo saques de casa a ver monstruos.” Nada más decirlo, Ismael se calló, de repente. Abrió los ojos con expresión de susto y enrojeció. Se quedó inmóvil, sin que pudiera deducir si el gesto de su carita era de agobio o dolor. Para adivinar qué le estaba pasando me levanté a quitar la música. La madre de Ismael levantó la mano para calmarnos y pidió silencio. A mí ya me estaban sudando las manos, pero entonces pasó lo que tenía que pasar: Ismael se cagó. Ni más, ni menos. Y tuve que escuchar, otra vez, a la madre de la criatura, la que me “conoce” tan bien: “Así se hace campeón. Y muchas gracias por el silencio, porque si no, se queda bloqueado y no puede seguir.”
                             ¿Quién es el monstruo? ¿Quién “conoce” a quién? Es un alivio saber que otros “conocidos” andan sueltos en el mismo barrio. Y en la misma fiesta. Así que, no nos queda otra que aceptarnos como somos y tomarnos una cerveza juntas. Aunque para calmar los ánimos le retiré a mi hija algo de maquillaje y el enorme cuchillo.
                               Más tarde, en mi casa analizo a mi niña. Lo sé. No le gusta el rosa. Duerme con un tiranosauriosrex de potentes mandíbulas y cuando pasamos por la tienda de mascotas quiere llevarse a casa una tarántula. Nada de perritos ni gatitos. Y nos compramos juntas la misma sudadera con una calavera. Lo acepto: “nos conocen”.
                                 ¿Y qué es lo correcto? ¿Convertirla en princesa?
                                  No, no saldría bien. Acepto tarántula como animal de compañía.

6 comentarios:

  1. Vaya lio.
    No soy partidaria de las tradiciones americanas pero soy amante de disfrazarme y reconozco que cualquier excusa es buena, sobre todo para los niños.
    Quizás fuerais demasiado terrorificas para una fiesta infantil, pero de eso se trataba, no?
    Pienso que eso no es ser friki, si no que estabais ataviadas para la ocasión.
    Y lo bonito de tu niña es que no se sea como todos.
    Y lo importante es darte cuenta de que a pesar del mal trago, tus amigas te quieren como eres.

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  2. Noemí...sin duda eres la mejor. Y no puedo engañar a nadie...dábamos verdadero miedo...La próxima vez que tenga que disfradarme te pediré consejo, está claro que entiendes de ese tema mucho más que yo.

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  3. Jajaja..., vayas fiestecitas te montas Sonia, si que eres friki si....,pero hay algo de malo en ser friki???..., yo creo que hacen falta en esta sociedad tan lineal y tan aséptica, tan mecanizada..., hace falta algo de espontaneidad, de frescura y de gente pintoresca...

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  4. Gracias Jr, eso digo yo, que hay de malo en ser friki? Me gusta romper las normas a veces, pero es que ese día creí que íbamos apropiadas, menos mal que me aceptan como soy, jajaja

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  5. Sonia...es que este post en realidad no habla de jalobuin..(asi se escribe...), ni de equívocos ni de dar la nota....
    En este post dejas bien claros los cimientos de eso que muchos padres deberían poner en practica, tambien la sociedad en su conjunto: la individualidad de la persona prevalece sobre el interes general, o lo que es lo mismo, no demos importancia a ovejas pardas o negras dentro del rebaño blanquito de Norit.
    Como bien dice Noemí, tus amigas te conocen y aceptan tal cual...
    Idem de idem con tú y tu hija (divino el t-rex pepe...), esa aceptación y forma de potenciar su personalidad harán de ella la autentica persona que destaque o no sobre el resto...será al menos ella misma, sin importar los condicionantes de la gran masa.
    Bravo por la actitud.
    ....sigo leyendo...

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  6. Ya has descubierto que Noemí vale su peso en oro. Está claro que la verdadera amistad tampoco tiene precio. Sobre todo cuando descubres que nos aceptan como somos. Y mi hija sigue igual, creo que pasará de largo por esa etapa de las princesas. Por lo visto, ha salido a su madre. Jajaja.

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