miércoles, 20 de octubre de 2010

QUE-TE-JO-DAN

El flotador de grasa que mostraba alrededor de la cintura el jefe de la redacción  anunciaba que se trataba de un hombre poco generoso, con tendencia a retenerlo todo. Ese rasgo físico es, por lo visto, uno de los muchos que pueden delatar nuestros defectos. Si te fías de las reglas del lenguaje corporal del Feng Shui, claro. Al parecer, esta filosofía la puedes aplicar a cualquier cosa. En este caso, creo que la sabiduría oriental acertó, que el sobrepeso concentrado por aquel hombre entre el tórax y los genitales, era una consecuencia propia de la manera de ser, más que de una mala alimentación y falta de ejercicio.
                          De hecho, este personaje colocado a dedo por algún político de chicha y nabo no estaba dispuesto a regalarme nada desde su puesto de mando en una televisión local. Ni un sueldo decente, ni tiempo libre, ni horario establecido, ni compensación económica por trabajar horas de más…”ya sabes, uno entra aquí a las nueve de la mañana y no sabe cuándo se va, ya sea lunes, sábado o domingo”… Y por lo visto, mi objetivo es dar saltos de alegría si me elige para formar parte de la plantilla.
                         “Y olvídate de pensar en vacaciones”. Creo que fue la última frase que en realidad escuché. Al otro lado de la mesa hice verdaderos esfuerzos por permanecer con el culo pegado a la silla y no salir corriendo. Después mi mente se centró en estudiar el “ser” que me estaba entrevistando.
                        Las toxinas de aquel tipo luchaban por escapar a través de su sudor, a pesar de que en el pequeño despacho no hacía ni pizca de calor. Ni siquiera ellas, las invisibles toxinas, querían quedarse con él, ansiaban fugarse a través de los poros, aunque él optó por quitarse la chaqueta y moverse lo menos posible para evitar que se escaparan. La reacción corporal le estaba provocando manchas de humedad en la camisa y la pérdida acelerada de cabello.
                      “¿Tienes hijos?”. La pregunta me obligó a regresar a la realidad. Dije que sí con la cabeza. Una no puede ignorar así como así un parto de catorce horas. Sabía que mi silenciosa respuesta no era adecuada y mi corazón empezó a latir un poco más deprisa.
                          “Pues si te quedas con nosotros tendrás que traerte una foto, no vas a tener mucho tiempo para verlos, ya sabes cómo es esto”. Luego me enseñó unos dientes que hubieran servido de inspiración a “Crónicas vampíricas”. Que alguien me diga dónde está la gracia de semejante frase. Ni uno de mis músculos le respondió. Bueno, mi cerebro sí, le lanzó un “si quieres me tiro al suelo y me pateas un poco antes de firmar esa mierda de contrato que me ofreces”. Eso suponiendo que el contrato exista, que una ya está acostumbrada a que luego tu trabajo se acabe llamando “colaboración” hasta que San Juan baje el dedo, cosa que no ha hecho el santo en un par de milenios.
                       El sonido de una risa quebró el gesto del jefe de repente. Comprobé que no tenía que esforzarse ni un ápice para controlar a sus trabajadores. A través del cristal del despacho observaba todos los movimientos. No le gustó que un empleado tuviera capacidad de ser feliz un instante en horario laboral. Por lo visto, el chaval había tenido la osadía de leerse la tira cómica de un diario y comentarla con un compañero. El instinto me decía que el chico había cometido un error, que su función era limitarse a repasar los titulares de noticias escritas por otros para ver si algo se puede plagiar. Eso es lo que se hace cuando no hay tiempo de investigar, aunque jefes como el que tenía enfrente lo llaman “seguir la rabiosa actualidad”.
                    Tras lanzarle una fría mirada al redactor, el jefe volvió a centrarse en mí.
                      “¿Estarías dispuesta a empezar la semana que viene?”
                       No fui capaz de contestar. Busqué en mi mente la dignidad que había tirado en la papelera antes de entrar, hacía tan sólo unos minutos. La encontré y me la volví a guardar en el bolsillo.
                      Tras mirarle con decisión, respondí: “bueno, antes tengo que estudiar otra oferta de trabajo. Necesitaré unos días”.
                       Él se mordió el labio y deduje que esa respuesta me descartaba de sus planes. Sencillamente, no me había arrastrado hacia las migas de pan que me tiraba. Ni aspecto sumiso, ni desesperación. Le negaba dos elementos necesarios para formar parte del futuro que me ofrecía.
                        Y necesito ese miserable sueldo como agua de mayo. Pero también es cierto que cuando volví a pisar la calle respiré y me sentí libre, como si acabara de soltar un capazo de cien kilos.
                       La palabra crisis significa oportunidad. Seguro que encuentro la mía. Bueno, también tuve un último pensamiento hacia él mientras buscaba en el periódico otras ofertas de trabajo: “Que te jodan, capullo”.

6 comentarios:

  1. Bueno toda una declaracion de principios; de la manera que has descrito al personaje y lo sucedido la tuya parecía la única salida digna. Me alegra que tuvieras el valor de hacerlo. Esa valentía cotiza poco hoy.
    Sonia, aunque yo pienso que el habito no hace al monje y que el aspecto fisico no tiene porque condicionar la personalidad supongo que en ocasiones, como la que tu describes, forman un arquetipo muy a lo gruñon sudoroso.........
    un placer leerte....

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  2. Muchas gracias, Oscar. Admito que tienes razón, que probablemente le cogí manía a ese tipo y lo encasillé donde me mejor me encajaba. En un sitio acorde al resquemor que me estaba provocando. Jajaja.
    También es un placer comprobar que has vuelto por aquí. Hasta pronto.

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  3. Muy novelesca la descripción del gran jefe, pero me lo he imaginado como si lo tuviera delante, y me ha dado repelús sólo de pensarlo.
    Si que es cierto que la necesidad de trabajo hace que uno "trague" con lo que sea, pero me parece ADMIRABLE tener narices para decir un NO a tiempo a un miserable semejante.
    Siempre existen otras oportunidades, aunque tarden en aparecer...

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  4. Muchas gracias Noemí, me tranquiliza pensar que hice bien por que me lo estaba planteando, la necesidad es mucha, pero la dignidad está por encima, y todavía creo que saldrá otra cosa mejor. Tu apoyo es importante, Gracias

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  5. Sonia...casi mientras leía, creí ver a Torrente delante..casposo y vomitivo.
    Buena descripción...casi puedo sentir el clima en ese despacho...de igual manera que tu oías las cervicales de tu cuello..momentos intensos...
    Excelente decisión...aunque con la dignidad no sacamos los carros del super, si no hay previo pago a la monina de la cinta...
    Uffff...pero coño, aun te quedan ofertas...
    Sigo leyendo...

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  6. Tipos como este andan muchos por ahí, desmotivando a cualquier trabajador que tengan a su cargo. Sobre todo si es joven, busca una oportunidad y necesita dinero. Era imposible no dejarlo retratado aquí.

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