viernes, 17 de diciembre de 2010

DE CAZA

 
 
Sin noticias de Joan. No ha aparecido.
                 Los responsables del experimento aseguran que han avisado a la Policía, pero nadie ha visto a un solo agente por aquí. Yo tampoco. He preguntado al encargado de la productora y a los cámaras. Me aseguran que hay una denuncia en curso, que lo están intentando localizar hasta en los hospitales de la zona, que incluso han entregado una foto para que se difunda en la comisaría más cercana…pero la verdad, ya no me lo creo.
                  Hoy están organizando una batida para localizarlo. No es la primera, pero en esta vamos a participar todos. Han repartido planos para dividirnos con el objetivo de peinar la zona al completo. Están dispuestos a aguantar la búsqueda hasta bien entrada la noche.
                  En mi tiempo libre he tratado de recorrer sola la ruta que hicimos juntos. Me he alejado todo lo posible hacia una y otra dirección, pero no he tenido suerte. He llegado a pensar que quizá ha intentado dejarme algún tipo de mensaje para indicarme que se encuentra bien, pero no he encontrado ni una miserable pista.
                   Desde que se ha marchado dejo entreabierta la ventana de mi cuarto por si le escucho regresar y apenas puedo conciliar el sueño.
                   Para colmo, la vigilancia se ha extremado sobre nosotros. Siempre hay alguien cerca observándonos, preguntándonos…con cien ojos en los pasillos y en las puertas.
                    Tengo un mal presentimiento.
                    Nos llaman. Nos vamos de caza…pero dudo de que vayamos a encontrar alguna presa.

viernes, 3 de diciembre de 2010

PASOS


No sé por dónde empezar. Escribo en la cama, escondida bajo las sábanas.  Además, trato de enviar algún mensaje desde el móvil, pero no tengo cobertura.
                      Supongo que todo comenzó hace un par de días. Al levantarme, la cabeza me daba vueltas, mareada. Desde entonces, estoy más débil. Al principio lo achaqué a una bajada de la tensión arterial, pero en la ducha, descubrí que tengo una señal diminuta en el antebrazo. Es como la marca de una inyección. Supongo que sólo es un arañazo que quizá me he hecho a mí misma, dormida, pero me asaltan las dudas.
                      Joan se coló anoche otra vez en mi cuarto para fumar. Me mostró una herida similar a la mía en su brazo. Convencido de que experimentan “otras cosas” con nosotros sin que seamos conscientes, quería que lo acompañara al interior del bosque. Explicó que un par de veces ya había salido a andar solo por ahí, con intención de escaparse. Sin embargo, lejos de encontrar el camino de regreso, había descubierto un lugar donde se reúnen los responsables del equipo. Me convenció para que fuera con él después de un tira y afloja entre ambos. Pretendía que comprobara que está pasando algo más. Joan aseguró que realizan algún tipo de ritual y que los organizadores deben de formar parte de una secta peligrosa.  
                       Ambos saltamos por la ventana y nos adentramos en la arboleda. Con frío y oscuridad la ruta me pareció muy larga. Empecé a angustiarme por la distancia e iba a pedirle que regresáramos cuando vimos a lo lejos una luz. Un candil o algo similar.
                      El equipo al completo se había reunido en un pequeño claro del bosque. Susurraban. No entendí sus palabras, repetían alguna frase con voz profunda. Como una oración. Era una cita macabra, de eso estoy segura. Allí estaban todos: el acupuntor, el luchador de sumo, el cámara risitas, el director del reportaje, los científicos. Sentí pánico. He puesto mi vida en manos de una galería de absurdos personajes. Y ninguno real.
                      Estábamos demasiado lejos para precisar detalles. Había alguien en el centro del círculo que habían formado, todos en pie. Creo que era un hombre quien estaba en el interior del anillo, quizá llevaba los ojos vendados y… ¿una soga alrededor del cuello? Sin embargo, no daba la sensación de que estuviera asustado. Aunque tampoco logré descifrar quién era, demasiados cuerpos lo ocultaban en la penumbra.
                         Joan y yo pensábamos quedarnos allí hasta deducir a qué estaban jugando, aunque en el silencio, probablemente escucharon el crujir de hojas secas que pisábamos. Uno de ellos abandonó la reunión para merodear, por lo que iniciamos un atropellado retorno antes de tiempo. Agobiados y con el corazón a mil por hora. Los ladridos de un perro y la repentina cercanía de las voces nos obligaron a correr con absoluta ceguera. Sin distinguir los obstáculos. Sin esquivar ni una piedra a tiempo. Tropezando y resbalando. Agarrándonos a la desesperada a cualquier matojo para evitar una grave caída.
                      En algún momento me perdí de Joan. No sé cómo sucedió. Sólo recuerdo que en algún instante de desconcierto, me giré, y él ya no estaba a mi lado. Creo que, sencillamente, me equivoqué y seguí andando en dirección contraria a la suya.
                      Perdida, di por hecho que me estaban rodeando. El sonido de las voces crecía. Acabé escondida entre unos matorrales. Permanecí inmóvil unos minutos, tumbada, incluso cuando la suela de una bota me aplastó varios dedos. No levanté la mirada y me mordí los labios para no gritar. Aterrorizada, sentí una respiración agitada y muy próxima. Por suerte, mi perseguidor no llevaba ninguna luz y quizá por eso no me localizó, aunque estábamos muy cerca el uno del otro. Solo me dio la espalda y esperó a los demás. Al fin, el grupo se alejó.  
                       Fue duro incorporarme y enfrentarme sola al regreso, en la oscuridad. Tuve que andar despacio para no desorientarme, con el corazón palpitando a mil por hora. En algún momento traté de correr, pero una rama me dio un latigazo en un muslo y algo con espinas me golpeó un hombro. Comprendí que el miedo no me estaba dejando pensar. Intenté recuperar la calma y orientarme.
                     Fue un alivio ver a lo lejos las pequeñas farolas encendidas que siempre hay en un porche de la entrada. Me colé de nuevo por la ventana. Al meterme en la cama, seguí temblando. Dediqué el resto de la noche a esperar a Joan, pero fue en vano.
                     Desde ese momento, el paso del tiempo se hace eterno. Me vigilan. La puerta de la habitación se abre ligeramente alguna vez. Intento fingir que no me doy cuenta.  
                    El amanecer no ha sido fácil. Estoy magullada, agotada. El peor momento ha sido esta mañana, cuando he bajado a desayunar y he comprendido que mi compañero no ha regresado. Necesitaba llorar, pero me he contenido por puro miedo. Si explico lo que ha pasado debo relatar también la escena de la que he sido testigo. No tengo valor. Para colmo, me siento culpable. Ni siquiera sé si Joan se encuentra bien o si, sencillamente, ha localizado algún camino de salida y se ha largado. Según él, lo único que localizó durante sus paseos secretos son vallas metálicas y monte cerrado.
                    El director nos ha convocado a una reunión. Ha corrido el rumor de la desaparición y alguien ha comentado que iban a dar aviso del suceso a la Policía. Estoy deseando que sea así y que llegue pronto una patrulla, que por lo menos me diga dónde estoy. Y encontrar a Joan y largarme de aquí.
                     Tengo que dejar de escribir. Oigo pasos.




viernes, 26 de noviembre de 2010

ACOJONADA



Conozco cada porción de mi cuerpo donde no registro dolor aunque me pinchen con agujas. He superado con éxito mi prueba de hoy como “conejillo de indias”.
                  Bueno…no ha sido fácil. Soy dudosa en cuanto a sumisión se refiere. Han tenido que sujetarme. Primero he dicho que no. Nada más ver la cara del experto que me iba a clavar las agujas. Nadie con unas gafas de culo de vaso y dedos gruesos debería especializarse en algo tan delicado como la acupuntura. Y a todo esto, estaba en ropa interior, en un habitáculo de unos nueve metros, rodeada de cámaras. Todos mirándome mientras yo temblaba.
                     El acupuntor ha logrado que me tumbe en la camilla y me ha entregado un antifaz, para que mi mente se aislara. Pero me las he quitado unas cuarenta y cinco veces, por lo menos. Me he encogido y agitado otras tantas, cada vez que intuía que venía hacia mí. Hasta uno de los cámaras ha dejado de grabar para reírse a pierna suelta mientras yo esquivaba los pinchazos. Dos chicas del equipo me han sujetado: “es un momento, si sigues con esa actitud tendrás que abandonar la prueba.” He optado por respirar hondo y tratar de calmarme después de escuchar “verás como si pincho aquí, no sientes nada”. Y era verdad. “No siento dolor”, lo he dicho asombrada, mientras contemplaba una aguja hincada en mi muslo. Después, me he dejado hacer concentrándome muchísimo en los tres mil euros que voy a cobrar. Por lo que me han explicado, el dolor es así, no siempre tu cerebro es capaz de captarlo por algún misterio de las neuronas. Seguro que a mí me faltan, espero que no dispongan de un método para contarlas.
                      En fin, ya estoy aquí, metida de lleno en el experimento. Es un “laboratorio” creado para la ocasión en una vieja granja de piedra rodeada de bosque y montañas. No podría localizarlo. Nadie nos ha informado de dónde nos encontramos. Los cristales opacos del autobús nos impidieron reconocer la ruta. Para colmo, llegamos de noche. Dentro del vehículo nos obligaron a sentarnos separados para evitar que nos comunicáramos. De todas formas, nadie hablaba con nadie. Nos limitábamos a mirarnos unos a otros.
                    Por lo demás, los que forman parte del equipo te sonríen para que te sientas cómodo. Entre tanta sonrisa forzada no encuentro el momento de relajarme. No sé dónde empieza y dónde acaba este experimento. Dudas cuando hablan contigo y cuando te dejan en paz durante horas.
                   Los primeros días me hacía mucha gracia cruzarme en el desayuno con un luchador de sumo vestido con la vestimenta y el peinado tradicional. Me preguntaba qué hacía entre nosotros. Posteriormente nos explicaron que participaba en una prueba sobre reflejos. Nos iba a atacar en el interior de un gimnasio. A oscuras. Con lo cual, todo lo relacionado con su enorme persona dejó de parecerme un chiste. Para colmo, descubrí que no tengo reflejos. Se supone que hay un mecanismo de defensa ancestral archivado en mis genes, que debería haber aflorado. Pero debe de estar muy archivado, porque no esquivé ni un solo golpe. Me tiró al suelo unas quinientas veces. Aún estoy molida. No tengo ni una costilla en su sitio. No pienso detallar el cachondeo del mismo cámara, cuando me tendió una mano para recogerme del suelo.
                    Después de estas pruebas, tengo claro que dentro de una película de terror sería ese personaje torpe que muere en manos del asesino en los primeros quince minutos. Dentro de mí no hay instinto para repeler las agresiones. Pero sí se ha despertado algo: el ansia de venganza. Le he cogido mucha manía al japonés. Me aplastó todo lo que quiso y le odio.
                  Lo que no olvidaron mis genes es el pánico a las serpientes. Precisamente, del terror que tuvo que pasar algún ancestro hace un millón de años me acordé como si fuera ayer. No sé cuántas habían a mi alrededor ¿diez? Estaba sentada en el suelo del gimnasio, tratando aún de recuperarme del luchador, cuando vi los reptiles. Quise ponerme en pie y huir, pero era tarde, uno de esos bichos de más de dos metros empezó a enroscarse por mi cuello. Fue entonces cuando uno de los médicos trató de tranquilizarme, “no te preocupes, no es venenosa”, pero claro, que no mordiera no quiere decir que no fuera a estrangularme. Sufrí un ataque de nervios y me suministraron un tranquilizante. Eso sí, después de sacarme de allí en brazos.
                        Esta noche no puedo dormir. Por lo que he decidido escribir en la cama. Aunque está prohibido.  Después de estas experiencias, tengo miedo. No soy la única.
                       Un compañero se ha colado en mi habitación hace un rato. Se llama Joan. Asegura que el experimento le está desestabilizando. Se ha fumado cuatro cigarros con la ventana abierta y luego ha regresado a su cama. Estaba muy nervioso y pensando en escaparse, cree que nos ocultan algo. He intentado serenarle, le he dicho que no es para tanto. Y que tenga cuidado, es posible que nos graben cuando estamos a solas, sin que lo que sepamos.
                    “Si logramos salir de aquí te invitaré a una cerveza”. La frase de Joan me ha acojonado. Duda de que podamos salir libremente. Creo que él también me oculta algo.





miércoles, 17 de noviembre de 2010

CONEJILLO DE INDIAS

“¿Pertenece a alguna organización delictiva?”
                  He clavado los ojos en el techo y en el suelo antes de decidirme a responder a la pregunta más absurda de mi vida para encontrar empleo. El objetivo del formulario que estoy rellenando es declararme “apta”, aunque ahora mismo me siento idiota. Espero no tener que vender nada relacionado con armas, lo único que sé es que tienen gatillo y poco más. He escrito “No” y espero que no me pregunten cómo se maneja una recortada.
                   Suspiro. Necesito ingresos a la velocidad de la luz. Y hasta esa velocidad me resulta lenta. Por lo tanto, me enfrento a la pregunta número dos: 
                    “¿Se considera una persona violenta, con capacidad física y mental para cometer un crimen?”
                      He sentido muchas dudas. De repente, me han entrado ganas de morirme, no sé si ese detalle cuenta. Mentalmente puedo lanzar cuchillos con destreza y genio tengo un rato. Fallo en la fuerza física. Pero no estoy segura de querer ser “apta”. Mientras lo pienso balanceo el bolígrafo entre los dedos. Dudosa.
                        Intento saber qué ponen los demás para sentirme segura. Alzo la mirada del pupitre e intento enfocar las respuestas de los otros. No puedo ver qué escriben, pero el resto de candidatos está concentrado en lo suyo, sin el menor gesto de asombro. Decido poner otro “No”. Opto por la sinceridad.
                         “¿Cree que el maltrato físico está justificado?” La pregunta número tres me lleva a pensar que quizá es mejor que me levante y me vaya, estoy a tiempo de dejar este juego. Pero entonces me acuerdo de mi niña. Ella ya ha pedido a los Reyes Magos todo lo que le gusta porque traen los juguetes “gratis”. En fin, pongo otro “No”.
               Sigo adelante y acabo el cuestionario. Doy por hecho que no soy “apta” mientras espero junto a otros aspirantes en una sala. Nadie habla con nadie. Evitamos mirarnos a los ojos. Supongo que la mayoría de los que estamos aquí andamos igual de desesperados. Tres mil euros son todo un botín.
                Una hora después escucho mi nombre a través de un altavoz: he sido seleccionada. No puedo creerlo, por una vez mis “aptitudes” se ajustan a las exigencias de un contrato. Yo y otros veinte elegidos pasamos a un pequeño salón de actos. Un hombre alto y delgado nos invita a sentarnos. Es holandés y se llama Jacobo, sin decirnos el apellido. Va a darnos una charla. Proyecta unas imágenes sobre la reacción del cerebro ante determinados estímulos y nos detalla un estudio sobre la capacidad mental del ser humano que se está desarrollando en Estados Unidos.
                Cuando el conferenciante termina de hablar, ya no estoy seria, estoy inquieta. Ahora formo parte del experimento. Soy un “conejillo de indias” en toda regla. Las conclusiones formarán parte de un documental que se emitirá en un canal de pago bajo el título “Algo más que un sexto sentido”.
                   Sin hacer preguntas, sencillamente porque no me dejan, deberé de someterme a determinadas pruebas aún sin especificar, aunque por escrito figura que mi salud, tanto física como mental, no correrá peligro. Entre mis compromisos consta que debo de estar incomunicada durante un mes, aunque me llevaré el móvil y el portatil. Escondido, por si acaso. Me repito que son treinta días. Luego, seré libre.
                  Dentro de cuarenta y ocho horas partiré en un microbús junto a hombres y mujeres de distintas procedencias hasta un paraje cuya ubicación desconocemos. Una casa rural perdida en la naturaleza donde ya se están instalando cámaras y micrófonos.  
                     Ahora estoy haciendo la maleta, pero no sé bien qué llevar aparte de ropa de abrigo. Una cuerda, una linterna, una navaja…no sé. Todo son dudas. Me pregunto hasta qué punto soy capaz de matar. Supongo que lo descubriré a lo largo del próximo mes.

viernes, 12 de noviembre de 2010

PUERTA A LA DESESPERACIÓN

No avanzo. La realidad me alerta de que estoy llegando al límite. Mi organigrama de pagos y gastos es un castillo de naipes que empezará desmoronarse en cualquier momento. Daría cualquier cosa por dejar que otro llevara este timón aunque fuera un par de días, tomarme un respiro, pero no es posible.  
                  Esta mañana siento algo parecido al miedo. He desayunado café con temor. Se ha estancado sorbo a sorbo hasta apretarme el estómago. Sobre todo porque ya no quedan entrevistas de trabajo a las que acudir, anuncios a los que telefonear, ni amigos a los que pedir que te pongan en la lista de espera. Y no existe una fórmula para detener la cadena de pagos.
                     Para colmo, la Navidad se acerca. Una maldición para los consumidores con la cartera vacía. Podría prescindir de la lista de regalos, pero mi hija ya le ha pedido a los Reyes Magos que arregle nuestra vida y odio defraudarla. Es en este instante de café solitario y periódico sin esperanzas llamo a la puerta de la desesperación. No he conseguido mover ni una pieza del destino a mi favor.
                  Mientras me pregunto a dónde acudir, la última página del diario me muestra una cifra:
                  “Gana 3.000 € en un mes. Trabajo serio para estudio científico de la universidad de Massachusetts. Se requiere disponibilidad inmediata”
                    Debe tratarse de alguna estupidez, no lo dudo, pero ese tres mil no deja de seducirme sobre la mesa de la cocina. El laberinto del desempleo te conduce a apuestas laborales dudosas. Doy por hecho que informarme implicará perder el tiempo. Gasto de teléfono, de suelas de zapatos, de gasolina...pero ese número redondo es la única tentación de esta jornada, que será cualquier cosa, menos laboral. En algún punto del mapa tengo que empezar. Marco el número de teléfono y me dan hora para una cita.
                       Lo sé. Acabo de cruzar el umbral de la desesperación. Cruzo los dedos.

sábado, 6 de noviembre de 2010

MIL. UNA BARRERA SUPERADA

Aún no me lo puedo creer. Mil visitas en menos de un mes. No son mil al día, pero es una cifra que ha superado los objetivos iniciales. Gracias a todos. Es una motivación importante saber que hay lectores que entran y salen, que se quedan por aquí aunque sólo sea por unos minutos. Este trabajo requiere constancia, pero ahora estoy segura de que merece la pena.

jueves, 4 de noviembre de 2010

LA FIESTA DEL TERROR


Mi hija es una friki. ¿Igual que su madre? Es muy probable que ya formáramos parte de ese grupo de seres humanos y que yo me haya dado cuenta esta noche. Después de acojonar a toda la pandilla del cole con nuestros disfraces de Halloween. La culpa es de la engañosa invitación que recibimos. El cartoncillo negro y ensangrentado requería nuestra asistencia a “una fiesta terrorífica”.
                    Lo más fuerte es que dedicamos mucho tiempo a preparar nuestros trajes. Y tras mirar en Internet, mi hija eligió uno de zombi. Sin dudarlo, le compré en una tienda de disfraces un gorrito con un cuchillo clavado en la cabeza. Vale, lo admito, el cuchillo era enorme. Después la maquillé, le dibujé una herida en la carita con chorretones de sangre. Yo me decidí por uno de bruja mala, reciclando ropa y una escoba de las de toda la vida. De acuerdo… parecía una bruja muy malvada.
                   Antes de salir hice unas fotos. Y asustamos a medio vecindario que tocó el timbre para pedirnos chuches. Lo admito… estábamos en nuestra onda con la luz apagada y dando aullidos.
                  Y fuimos a la fiesta. Y a nadie le hizo ninguna gracia “nuestra onda”. Cuando mi amiga salió a recibirnos en el descansillo de su casa, todo cambió. Su mirada fue el primer dardo envenenado que recibí: “¿Qué le has hecho a la chiquilla?”
                    Me limité a sonreír. Aunque el gesto se tornó en mueca en menos de un segundo. Comprendí que lo de “terrorífico” es sólo una expresión cuando se trata de “otros” niños y allí no había nadie dispuesto a asustar a nadie. Niñitas vestidas de calabaza y algún diablejo se daban cita alrededor de varias bandejas rebosantes de bollería industrial. Tampoco había ninguna mamá con un traje propio de una fiesta de difuntos. Como mucho, un gorro puntiagudo y una peluca de colores.
                          El silencio que nos recibió en el salón fue demoledor.
                          Pero lo peor vino un segundo después. Cuando el pequeño Ismael empezó a gemir llamando a su madre y acabó chillando, entre lágrimas, víctima de un pavor absoluto. Para colmo, mi hija decidió rematarlo extendiendo sus brazos hacia él como si fuera la propia muerte. Y el niño ya no lloraba, se ahogaba.
                         Me sentía incómoda, no había forma de calmar al pequeño y ante los nervios que me estaba provocando, solo pensaba en taponarle la boca con un bollo. A mí me remató la madre de Ismael: “te has pasado de siniestra, no tienes medida”. Silencio. “Mira Lucía, que mona que va”. Me mordí los labios, a nadie le sienta bien llevar un lazo gigante y verde en la cabeza.                         
                          Rodeada de llorones, escucho otra vez a la madre de Ismael: “Conociéndote, te teníamos que haber avisado antes. Vaya forma de asustar a los niños”. De toda la frase, la palabra “conociéndote” fue como dispararme. Devolví la bala sin reflexionar: “conociendo al cagón de tu hijo, no lo saques de casa a ver monstruos.” Nada más decirlo, Ismael se calló, de repente. Abrió los ojos con expresión de susto y enrojeció. Se quedó inmóvil, sin que pudiera deducir si el gesto de su carita era de agobio o dolor. Para adivinar qué le estaba pasando me levanté a quitar la música. La madre de Ismael levantó la mano para calmarnos y pidió silencio. A mí ya me estaban sudando las manos, pero entonces pasó lo que tenía que pasar: Ismael se cagó. Ni más, ni menos. Y tuve que escuchar, otra vez, a la madre de la criatura, la que me “conoce” tan bien: “Así se hace campeón. Y muchas gracias por el silencio, porque si no, se queda bloqueado y no puede seguir.”
                             ¿Quién es el monstruo? ¿Quién “conoce” a quién? Es un alivio saber que otros “conocidos” andan sueltos en el mismo barrio. Y en la misma fiesta. Así que, no nos queda otra que aceptarnos como somos y tomarnos una cerveza juntas. Aunque para calmar los ánimos le retiré a mi hija algo de maquillaje y el enorme cuchillo.
                               Más tarde, en mi casa analizo a mi niña. Lo sé. No le gusta el rosa. Duerme con un tiranosauriosrex de potentes mandíbulas y cuando pasamos por la tienda de mascotas quiere llevarse a casa una tarántula. Nada de perritos ni gatitos. Y nos compramos juntas la misma sudadera con una calavera. Lo acepto: “nos conocen”.
                                 ¿Y qué es lo correcto? ¿Convertirla en princesa?
                                  No, no saldría bien. Acepto tarántula como animal de compañía.

jueves, 28 de octubre de 2010

ROJO PASIÓN

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Rojo pasión. Ese era el color de mi camisa y mis labios ayer por la tarde. No lo elegí por casualidad. De esta guisa me indicó el vidente que debía acudir a su consulta si quería conocer mi futuro.
                        Ir a esa cita fue una decisión tomada en un momento de debilidad. Después de que una de mis amigas, Sandra, me insistiera una y otra vez, convencida de que me guiará de forma correcta y dejaré de tropezar a la hora de tomar decisiones.
                       Tengo que confesar que ella está enganchada a ese vidente, que nos ha contado “revelaciones” que nos han dejado al resto de amigas con la boca abierta. Se trata de adivinaciones como que el chico que le gusta tenía otra novia o que su pareja le era infiel, detalles que le han permitido adelantarse a la jugada y ganar la partida.
                      El vidente realiza su tarea muchas veces de forma altruista y ya le había comentado a mi amiga que no pensaba cobrarme, ni siquiera la voluntad. Que quería verme porque sí. Con lo cual, hasta supuse que tenía algo importante que comunicarme “desde el otro lado” y me he estaba oponiendo al destino. Luego jugó una baza relevante la curiosidad, una mala consejera que un día me matará a disgustos.
                     Menos mal que ella tenía el día libre y yo estoy en paro, porque para empezar, la lista de gente esperando superaba a la de la Seguridad Social. Es increíble la de personas que depositan su fe en este tipo de personajes. Y entre ellos estaba yo, con mi camisa roja de dos temporadas atrás y un ramo de claveles blancos entre las manos. Desde mi asiento, comencé a sentirme estúpida. Cada uno de los presentes llevaba una ofrenda, como yo: manzanas, pan, flores de otros colores. Por alguna ley espiritual desconocida que se nos escapa a los mortales, mis flores tenían que ser blancas.
                     En ese punto ya quería irme, entre aquella pandilla de diversa procedencia y de todas las edades, empezaba a deducir que allí no estaba mi sitio. Pero allí, estaba mi amiga, dispuesta a retenerme para ayudarme a ver “la luz”. Según ella, es normal que hubiera más gente que de costumbre. “Se acerca la noche de Difuntos y los espíritus están predispuestos a abandonar las fronteras del inframundo y contactar con los vivos”. Después de esperar hasta que el ramo comenzó a ajarse, escuché mi nombre a través de una puerta entreabierta. Era un toque más de misterio. Ver al gran protagonista lleva su tiempo.
                     Al fin, contemplé el escenario. Luz escasa y muchas velas nos recibieron. La misma voz de antes me invitó a sentarme descalza sobre una alfombra, junto a mi amiga, de la que ya no me quería separar. Ahora empezaba a tener miedo.
                       Él estaba de espaldas, sentado en un taburete diminuto que apenas le separaba un palmo del suelo, ante un cenicero donde reposaba un puro largo como medio brazo. Las espirales del humo del tacaco nos envolvían. El aroma era peculiar entre el habano y los pétalos de flores que había esparcidos por el suelo.
                       Por lo demás, en el aspecto del médium no había ningún rasgo que pronosticara que había sido dotado con algún tipo de poder. Era un hombre de mediana edad, algo calvo y con gafas.
                       Tardó en girarse hacia nosotras. Mi acompañante me susurró que aún no estaba preparado, que a lo mejor hasta nos hacía regresar otro día. Vaya faena. Después de unos minutos de concentración interior nos miró de reojo. Al fin se dirigió a mí: “Vaya, te has decidido a venir. Te estaba esperando”. Dije un tímido “sí”. Admito que me encontraba ligeramente nerviosa, con esa interrogante de “¿y ahora qué?” flotando en mi cerebro.
                      ¿Y ahora qué? Ahora viene lo peor.
                      En primer lugar cogió una botella de ron que había a su lado y pegó un buen trago. Estuve a punto de reírme. Así también hablo yo con los espectros, aunque los mensajes nos iban a llegar confusos.
                      Para mi asombro, el alcohol no lo deslizó por su garganta, lo removió en sus mofletes, enjuagándose a fondo la dentadura mientras me observaba muy fijamente. Lo que sucedió después fue, sencillamente, asqueroso. ¡Me escupió! Me escupió con extrema puntería todo el ron que llevaba en la boca, como si llevara un aspersor entre los dientes. De arriba a abajo. Y, por supuesto, me empapó la camisa, dejándome destemplada, húmeda y con una peste difícil de olvidar.
                       Por lo visto, ese asqueroso paso era necesario para limpiar mi aura, una energía que arrastro conmigo y que es cierto que nunca me ha dado por asear, ya que ni siquiera sé en qué parte de mí se encuentra.
                       El hombre se limitó a decirme “no pienses en nada, deja tu mente en blanco”. Pero ¿es que podía pensar en algo? No me he quedado más en blanco en toda mi vida. Lo único que pude hacer es entreabrir los labios para dejar entrar algo de aire y no caerme muerta.
                        Pero por lo visto, mi mala suerte no tiene límites. En opinión del médium, el ron no consiguió purificarme ni un poco, había suciedad en mi aura para dar y vender. Así que, ni corto ni perezoso cogió el ramo de claveles, aspiró su aroma y acto seguido comenzó a aporrearme con él. Una sacudida tras otra sobre los hombros y el tórax otra hasta que lo destrozó y me encontré rodeada de capullos. Y entre todos ellos, mi amiga, que contemplaba el espectáculo la mar de tranquila. Para terminar, dio un par de caladas al puro y me tiró el humo a la cara. “Ya estás limpia”. En mi percepción, yo estaba sucia y contaminada. Solo agradecí no tener que pagar por dejarme ensuciar. Por lo visto, en ese estado es como más le gustas a los espíritus, que ahora, querían hablarme. 
                    “Tienes que ser fuerte, estás atravesando una prueba. El camino es largo, pero podrás superarlo”. Silencio. Más silencio. Al final pregunté incrédula: “¿Ya está?”. Pues sí, para ser mi primera vez, ya he recibido más información de la que necesito. Resulta que si quiero saber más, tengo que someterme a una segunda cita. Me levanto para salir y lo tengo claro, el médium se puede quedar esperándome en la sillita el resto de su vida.
                 Una vez en la calle, bien entrada la noche y con una temperatura de unos doce grados, comprendo que mi chaqueta es insuficiente para abrigarme. El resfriado es inevitable. Antes de llegar, necesito descargarme en mi amiga: “hija puta, tenías que haberme avisado de que este vidente es un cerdo”.  Ella se muestra segura en su respuesta: “claro, y entonces no vienes y te pierdes lo que te ha dicho. Lo que tienes que hacer es regresar otro día, verás cómo te orienta”.
                     Y me encontré sin un ápice de fuerzas para discutir. Para colmo, empezaba a ser víctima de una jaqueca descomunal. Por el puro o los nervios acumulados. Una vez en casa, me duché y tiré mi camisa rojo pasión a la basura. Una lástima, con lo que me gusta y la poca ropa decente que tengo.
                    Mi amiga me ha llamado para ver cómo estaba. Insiste en que tengo que pedir otra cita. Me he mostrado contundente. Si quiere que vuelva tendrá que arrastrarme o emborracharme, además de regalarme un impermeable y una bufanda.
                    Eso sí, sigo bajo los efectos del color rojo. Roja a causa de la fiebre. Con la nariz, roja como un tomate. Y lo que es peor: roja de rabia.  

miércoles, 20 de octubre de 2010

QUE-TE-JO-DAN

El flotador de grasa que mostraba alrededor de la cintura el jefe de la redacción  anunciaba que se trataba de un hombre poco generoso, con tendencia a retenerlo todo. Ese rasgo físico es, por lo visto, uno de los muchos que pueden delatar nuestros defectos. Si te fías de las reglas del lenguaje corporal del Feng Shui, claro. Al parecer, esta filosofía la puedes aplicar a cualquier cosa. En este caso, creo que la sabiduría oriental acertó, que el sobrepeso concentrado por aquel hombre entre el tórax y los genitales, era una consecuencia propia de la manera de ser, más que de una mala alimentación y falta de ejercicio.
                          De hecho, este personaje colocado a dedo por algún político de chicha y nabo no estaba dispuesto a regalarme nada desde su puesto de mando en una televisión local. Ni un sueldo decente, ni tiempo libre, ni horario establecido, ni compensación económica por trabajar horas de más…”ya sabes, uno entra aquí a las nueve de la mañana y no sabe cuándo se va, ya sea lunes, sábado o domingo”… Y por lo visto, mi objetivo es dar saltos de alegría si me elige para formar parte de la plantilla.
                         “Y olvídate de pensar en vacaciones”. Creo que fue la última frase que en realidad escuché. Al otro lado de la mesa hice verdaderos esfuerzos por permanecer con el culo pegado a la silla y no salir corriendo. Después mi mente se centró en estudiar el “ser” que me estaba entrevistando.
                        Las toxinas de aquel tipo luchaban por escapar a través de su sudor, a pesar de que en el pequeño despacho no hacía ni pizca de calor. Ni siquiera ellas, las invisibles toxinas, querían quedarse con él, ansiaban fugarse a través de los poros, aunque él optó por quitarse la chaqueta y moverse lo menos posible para evitar que se escaparan. La reacción corporal le estaba provocando manchas de humedad en la camisa y la pérdida acelerada de cabello.
                      “¿Tienes hijos?”. La pregunta me obligó a regresar a la realidad. Dije que sí con la cabeza. Una no puede ignorar así como así un parto de catorce horas. Sabía que mi silenciosa respuesta no era adecuada y mi corazón empezó a latir un poco más deprisa.
                          “Pues si te quedas con nosotros tendrás que traerte una foto, no vas a tener mucho tiempo para verlos, ya sabes cómo es esto”. Luego me enseñó unos dientes que hubieran servido de inspiración a “Crónicas vampíricas”. Que alguien me diga dónde está la gracia de semejante frase. Ni uno de mis músculos le respondió. Bueno, mi cerebro sí, le lanzó un “si quieres me tiro al suelo y me pateas un poco antes de firmar esa mierda de contrato que me ofreces”. Eso suponiendo que el contrato exista, que una ya está acostumbrada a que luego tu trabajo se acabe llamando “colaboración” hasta que San Juan baje el dedo, cosa que no ha hecho el santo en un par de milenios.
                       El sonido de una risa quebró el gesto del jefe de repente. Comprobé que no tenía que esforzarse ni un ápice para controlar a sus trabajadores. A través del cristal del despacho observaba todos los movimientos. No le gustó que un empleado tuviera capacidad de ser feliz un instante en horario laboral. Por lo visto, el chaval había tenido la osadía de leerse la tira cómica de un diario y comentarla con un compañero. El instinto me decía que el chico había cometido un error, que su función era limitarse a repasar los titulares de noticias escritas por otros para ver si algo se puede plagiar. Eso es lo que se hace cuando no hay tiempo de investigar, aunque jefes como el que tenía enfrente lo llaman “seguir la rabiosa actualidad”.
                    Tras lanzarle una fría mirada al redactor, el jefe volvió a centrarse en mí.
                      “¿Estarías dispuesta a empezar la semana que viene?”
                       No fui capaz de contestar. Busqué en mi mente la dignidad que había tirado en la papelera antes de entrar, hacía tan sólo unos minutos. La encontré y me la volví a guardar en el bolsillo.
                      Tras mirarle con decisión, respondí: “bueno, antes tengo que estudiar otra oferta de trabajo. Necesitaré unos días”.
                       Él se mordió el labio y deduje que esa respuesta me descartaba de sus planes. Sencillamente, no me había arrastrado hacia las migas de pan que me tiraba. Ni aspecto sumiso, ni desesperación. Le negaba dos elementos necesarios para formar parte del futuro que me ofrecía.
                        Y necesito ese miserable sueldo como agua de mayo. Pero también es cierto que cuando volví a pisar la calle respiré y me sentí libre, como si acabara de soltar un capazo de cien kilos.
                       La palabra crisis significa oportunidad. Seguro que encuentro la mía. Bueno, también tuve un último pensamiento hacia él mientras buscaba en el periódico otras ofertas de trabajo: “Que te jodan, capullo”.

martes, 12 de octubre de 2010

EL PODER DE LA CERVEZA

Me he sometido al influjo de la cerveza. ¡Y ha funcionado! Resulta que un tercio y compañía divertida es la mejor receta para dar carpetazo a más de un asunto de esos que no dejan de rondar por tu cabeza.
              Me he reído tanto que aún me duelen las mandíbulas.
              Resulta que estoy atravesando “una crisis positiva”. Se trata de un estado que ya definió Alfredo Bryce Echenique en su libro “La vida exagerada de Martín Romaña”. Bryce asegura que la superó sentado en un sillón Voltaire, pero a mi me parece que también bebía para olvidar. Además, no hay ninguna pieza de diseño en mi modesto hogar, donde impera un sobrio estilo sueco. De hecho decidí correr hacia la barra a por otro tercio, incapaz de imaginarme cómo debe ser una crisis negativa, lo cual fue motivo de más cachondeo entre mis colegas.
              Uno de mis amigos mantiene que la cerveza, consumida con moderación, mata las neuronas lentas, con lo cual las rápidas se activan e impulsan la agilidad mental, mejorando el rendimiento laboral y creativo. Pero claro, yo he desterrado la moderación de mi mente, la cual navega entre los extremos de casi todo. Arriba o abajo, blanco o negro. Dejando de lado cualquier emoción que te acerque al ansiado equilibrio.
               Pero esta noche estoy arriba, justo al filo de un trampolín. Y todo es blanco. Y me río hasta caerme muerta.
               Por alguna traición del subconsciente alguien me ha recordado a uno de mis ex. Un tipo extraño al que conocí de forma casual y que tras un viaje a París decidí que era una relación imposible. Su mayor preocupación en la ciudad del amor era encontrar un regalo adecuado para su madre, otro para su hermana y otro para su sobrina. Y aquella misión fue agotadora. Lo peor es que tras darle muchas vueltas a su cartera y a unos 400 escaparates se decidió por comprar tres muñecas de porcelana. Enormes y terroríficas. Formaban una especie de trío maquiavélico que me quitó el sueño durante el resto del viaje. Me preguntó si me gustaban. Dije que no, una y otra vez. Pero mi opinión no sirvió de nada, aunque me alegré de no conocer aún a su familia. Por lo visto en sus dormitorios reposaban centenares de esas pequeñas, pálidas y mofletudas.
                Pero lo peor vino después. Dedicó todo su esfuerzo en vigilarlas para que no sufrieran ningún daño.
               El recorrido por el aeropuerto para emprender la vuelta a casa fue una tortura, con las trillizas acomodadas sobre las maletas del carro, al que nadie podía acercarse y protegía con su vida. Mientras aquellos ojillos de las parientes de la familia Monster se abrían y cerraban a través del celofán de sus cajas yo ya tenía muy claro que aquella historia había muerto. Sobre todo, deseaba que nunca, nunca jamás, me hiciera un regalo.
               No sé por qué conté aquel instante de mi vida, que afloró de repente detrás de esa persiana que le echamos al pasado. Pero no sabéis hasta que punto mis inseparables camaradas de cervezas se han reído de mí. Y yo de mí misma.
               Para colmo, aseguran que lo que necesito en este punto de mi vida es ligar. Y además, insisten “con gente normal”.
               ¿Gente “normal”? ¿En qué se diferencian los “normales” del resto? ¿Seré “normal”?
               Creo que necesito otra cerveza.

sábado, 9 de octubre de 2010

LA VUELTA A CASA. LA CRUDA REALIDAD

No sé cómo he podido quedar en libertad con esta cara. Me he mirado al espejo y yo misma me habría metido en prisión. Nadie en el mundo debería haberme visto así, con el rimel extendido por todo mi contorno de ojos y unas bolsas que podría haber calificado de sacos.
                   Lo sé. Sé que podía haber ido a mi cita con el piquete con la cara lavada, pero una decide salir bajo una máscara de maquillaje cuando las cosas van mal, pensando que así disfrazamos los malos momentos. Supongo que lo que ahora veo frente al espejo no es más que el cúmulo de decepciones que arrastro, evidencias que la cosmética no puede ocultar.
                    Podía haber sido un juicio rápido, pero la Justicia ha decidido que sea lento. Quién sabe cuánto. Así que, un día de estos volveré a encontrarme en un banquillo. Frente a frente con el rostro de la Ley, que me parece que es tan terrible como el mío en este momento.
Necesitaba desempolvarme del mal rollo de las últimas horas y me he metido en la bañera. Con el agua hasta el cuello he desnudado hasta mi alma y me he reído de mí misma, por alguna razón que desconozco.
                      Quizá es que en este momento la vida me parece una broma pesada.
                      Pero no me rindo.
                      Ya que no tengo trabajo voy a tomarme el día libre. Una bocanada de aire fresco me vendrá bien para empezar.
                      Y no voy a llamar a nadie para que me acompañe.
                      La soledad a veces es una buena consejera.

miércoles, 6 de octubre de 2010

EL PRINCIPIO

Mi nombre es Sonia Conde. El destino incierto de mi vida es el punto de partida de este diario que he decidido compartir. Soy periodista en paro, me he divorciado recientemente y tengo una hija de corta edad.
                Estas primeras líneas están escritas desde la fría sombra de un calabozo de la comisaría. He sido detenida junto a un piquete sindical al intentar sellar con silicona el candado de la rotativa del periódico en el que trabajé. Espero mi turno para pasar a disposición judicial con el fin de responder de los cargos de daños y resistencia a la autoridad que me imputa la policía.
                 Supongo que no he nacido para figurar en la lista de los que pretenden cambiar el mundo.
                 En estos momentos navego entre un montón de despropósitos dando palos de ciego para encontrar mi lugar en el mundo. Se trata de ese lugar al que han llegado ya la totalidad de mis amigos. Ellos circulan por tierra firme arropados por sus familias, hipotecas, vacaciones y domingos al sol. Mientras tanto, yo me tambaleo sobre una cuerda floja a la que no recuerdo haber decidido subirme.
                   Lo más gracioso es que mi estabilidad se vino abajo justo después de leerme ese puñetero libro que tanta suerte ha deparado al resto de la humanidad. Se trata de “El secreto”, un recurso mental concebido como talismán que nada más ponerlo en práctica ha ido desgajando mis cimientos hasta hundirme.
                    Por mucho que me visualicé feliz junto a mi pareja, ésta no ha dudado en hacer la maleta para mudarse a casa de la que se supone que era mi mejor amiga, con la que compartí cientos de confidencias.
                    A pesar de que me proyecté triunfante en el duro mundo de las exclusivas, mi empresa ni dudó en invitarme a salir por la puerta de atrás junto a otros compañeros con el único objetivo de ver crecer sus beneficios. Ni siquiera han registrado pérdidas.
                   Cuando decido que no debo rendirme, que alguna estrella me guía y que la lucha sindical puede ser un camino, me convierto en la única presa de los agentes que custodiaban el recinto. Como si conmigo no hubiera nadie más. Y para colmo, quejarse cuando te derriban a dos manos contra el suelo se denomina “resistencia”.
                   Decepcionada hasta el límite del sistema y de las fórmulas mágicas para alejar el mal fario, me introduzco en el mundo virtual a la búsqueda de claves que me empujen a dar un vuelco a mis circunstancias.
                    Por cierto, me gustaría saber si alguien más ha corrido mi misma suerte después de leerse el libro o si soy la única de la especie humana que aplica el método al revés.
Espero vuestros sinceros comentarios.