sábado, 10 de noviembre de 2018

La vida de los muertos



Hubo un verano en el que las vacaciones no eran más que tiempo muerto. Ha transcurrido tanto tiempo de eso que aún podías fumar casi donde te diera la gana, los buzones salpicaban las esquinas y era raro encontrar libre una cabina telefónica. 
La señora Perales, la bruja de nuestra calle, ya era vieja. O a mí me lo parecía. Como si ella y la juventud no hubieran coincidido jamás. Los vecinos no éramos más que un puñado de seres ruidosos que la molestábamos a cualquier hora del día, a ella y a sus hostiles perros falderos. Mataba su soledad vigilándonos. ¿Y tu padre, Sonia, es que no piensa volver a casa? ¿Cuánto tiempo hace ya que se marchó? No sé la de veces que me repitió esas desagradables preguntas. Escucharlas me hacía daño en la boca del estómago, por eso yo intentaba desaparecer cuanto antes de su campo de visión, para evitar que me dirigiera la palabra. Me encogía de hombros como única respuesta. A él hacía mucho que se lo había tragado la tierra, como un par de navidades atrás. Mi madre aseguraba que desde que nos dejó, las cosas nos iban mejor. Nunca supe a qué cosas se referiría. 
Aquel verano que rememoro, mi padre ya había fallecido para nosotras. Bueno, él y Elvis Presley, pero para compensarlo, en la televisión proyectaron a la hora de la sobremesa un ciclo con sus películas rodadas en Hawai. Para mí, lo más parecido a ese paraíso de ocasos en tecnicolor y hogueras en la arena era un póster con la imagen de una idílica playa, clavado con chinchetas, en una pared del bar de la esquina. Se llamaba Tropical. El dueño era un tipo bajito y calvo que presumía de ser de Lorca y se llamaba Bartolo. Servía los refrescos con el filo de los vasos adornados de azúcar y sombrillitas de papel. El local hace años que cerró y ahora es una franquicia de montaditos. A mi amiga Mónica y a mí, don Bartolo no nos preguntó nunca la edad y nos dejaba beber cerveza. Lo normal es que ella y yo apareciéramos una pegada a la otra, como los macarrones con tomate.
Esa época regresa a mi memoria con cierta frecuencia, casi siempre en tardes como esta, cuando me encuentro en el almacén del supermercado, contabilizando y apuntando un millón de productos con motivo del balance semestral. Supongo que yo aprovecho, de alguna manera, para hacer el mío. Quizá asocio aquel pasado con el aburrimiento del presente. Entonces daba por hecho que la rutina acabaría estrangulando mis ganas de vivir. Ahora también. Sin embargo, los recuerdos han cambiado, me cuentan que aquellos fueron unos meses intensos, tanto que han acabado dejando una huella incómoda, una que si pudiera, no tardaría en borrarla. 
Por la mañana, tendía la colada mientras sonaban los 40 Principales en la radio a toda pastilla. Por las tardes, jugaba a matar con la pelota en un callejón sin salida cercano a mi portal. Chicas contra chicos. Creíamos que el sexo contrario no iba a crecer jamás. No se enteraban de que nuestros pantalones eran mucho más cortos que antes y de que nuestros saltos para recoger el balón evidenciaban que no nos habíamos puesto sujetador. Lo normal es que discutiéramos, que ellos nos acusaran de ser unas tramposas. Pardillos, los llamábamos siempre. 
Cumplí 15 años. Bueno, quizá fueron 14, no estoy segura. Mi mayor problema era que aún no me había besado con nadie, ni tan siquiera parecía probable que pudiera gustarle a otra persona. Mi cumpleaños coincide con las fiestas patronales del barrio y, en aquella ocasión, vino a actuar una orquesta formada por un grupo de varones adolescentes. Esas noches de verbena y música en la calle no había hora para irse a la cama. En uno de los descansos uno de los músicos se hizo amigo amigo nuestro. Nos propuso jugar en el callejón sin salida, lejos de los adultos, a Beso, Atrevimiento o Verdad. Nerviosas, como si nos hubieran dejado al borde de un precipicio, Mónica y yo fuimos a avisar a las demás. Casi al empezar el juego eliminamos cualquier otra opción que no fuera la de besarnos con quien saliera elegido. ¿Es que existía algo más verdadero y atrevido que un beso en la boca? Más tarde, entre las sábanas, no fui capaz de conciliar el sueño. 
Cuando se acabó la fiesta y los camareros recogían la barra, mi amiga Mónica robó en un descuido una botella de ginebra de una caja. Nos la bebimos al día siguiente, en el parque. Solas. Mano a mano. Cuando el subidón de alcohol nos avisó de que ya no había marcha atrás, habíamos apurado hasta la última gota. No tardamos mucho en vomitar juntas sobre uno de los arbustos cercanos. La señora Perales nos vio desde su ventana y se chivó. A ambas nos castigaron sin salir durante una semana. Mónica vivía en la puerta izquierda y yo en la derecha del mismo rellano. Me lanzaba cigarrillos que le robaba a su padre desde su balcón al mío. Luego, yo me los fumaba en el baño, para que mi encierro fuera más llevadero. 
Suspendí Matemáticas. Mi joven y apuesto vecino de arriba se ofreció a darme clases. Me parecía tan guapo que lo poco que sabía de Álgebra se me olvidaba en cuanto me pedía que le enseñara mis apuntes. ¿Quieres concentrarte? Yo decía que sí con la cabeza y pensaba en cómo serían sus besos con lengua, ya había superado la fase inicial de los labios. Una tarde me enseñó a tocar algunos acordes con su guitarra eléctrica y me habló de Jim Morrison. Decidí que que quería escribir poemas y ser cantante. 
Cuando recuperamos la libertad, Mónica vino a verme a casa. Estábamos solas y aprovechamos para saquear el mueble bar del salón. Dentro, solo había una botella de licor de menta y la mezclamos con batidos de chocolate que solía haber siempre en la nevera. A ella le sonaba que ese combinado era lo que bebía su padre en los guateques de su juventud. Lo último que recuerdo son unas muchachas hawaianas rodeando a Elvis y tocando un ukelele. Acabamos vomitando juntas en el baño creyendo que la muerte planeaba como un buitre sobre nuestras cabezas. No nos descubrieron a pesar de la cogorza. Ninguna de las dos hemos vuelto a probar la menta. 


El tedio era una forma como cualquier otra de morir. Para acabar con él, una tarde le quitamos el ciclomotor al hermano mayor de Mónica, aprovechando que este dormía la siesta. Nos fuimos al barrio de al lado, sonrientes y sin casco. Queríamos buscar a una pandilla de muchachos mayores que nosotras, a los que conocíamos por ir al mismo instituto. No los encontramos y, de regreso, la pelota de unos niños se cruzó en nuestro camino. Al esquivarla, nos estrellamos contra una farola. La señora Perales se asomó por la ventana al escuchar el impacto y avisó a mi madre. Tras el susto y la bronca, nos sentenciaron a otra semana sin salir. Yo no creí que pudiera resistirlo y amenacé con cortarme las venas. Como respuesta, escuché una risa escalofriante de mi progenitora y no me atreví a intentarlo, la creí capaz de matarme de verdad. Durante mi encierro escribí un conjunto de poemas que se titulaban Muerte y cuchillas de afeitar. Cuando mi madre descubrió los versos, plagados de ideas suicidas y tragedias cotidianas, se echó las manos a la cabeza y los quemó en una ensaladera. A la vez repetía ¿Es que te has empeñado en quitarme la vida? 
De nuevo, superé mi condena. Hartas de los chivatazos de la señora Perales, mi amiga y yo optamos por irnos al barrio vecino. Esta vez nuestro objetivo era colarnos en una discoteca que, situada en un solar, abría a última hora de la tarde. Lo intentamos en más de una ocasión, en cuanto nos dábamos cuenta de que cambiaban de portero y suponíamos que, el nuevo, no se acordaría de nosotras. No lo logramos ni maquillándonos como puertas ni rellenándonos el sujetador con algodón. Con los planes frustrados acabábamos acampando en el Tropical. Don Bartolo nos recibía con desgastadas camisas de palmeras y nos ponía la canción del verano, para aparentar que el local era tan chic como el día de la inauguración. Allí, observadas por un loro de madera, dedicamos muchas horas a planear el crimen de nuestra vieja y común enemiga. Se trataba de un asesinato cómico que nos entretuvo hasta límites insospechados. La imaginábamos convulsionando en el suelo, envenenada con licor de menta, mientras buscaba su bastón para atacarnos y nos gritaba ¡Sois la escoria de la escalera! Solía usar descalificativos tan pasados de moda como ese. Deducíamos otros detalles, como que no lográbamos escapar de las trampas mortales que había colocado en su piso para defenderse. Qué mala hostia tiene esa tía, sentenciaba siempre Mónica. 
          Una tarde, nos encontramos ante la tienda de chuches a uno de esos chicos mayores del barrio cercano y nos ofreció comprarle una china de hachís. Las dos dijimos que sí para hacernos las estupendas. Nos regaló el papel y la boquilla, incluso nos dio instrucciones para que liáramos el porro como dios manda. Lo hicimos a hurtadillas, en el parque, con la caída del sol, cuando ya no quedaban niños enredando y la señora Perales se suponía que estaba lejos, paseando a sus nerviosos perrillos de aguas. Tras varias caladas, comenzamos a reír sin motivo. Antes de apagarlo la risa era ya tan floja que nos caímos del banco y, sobre el suelo, nos seguimos desternillando a brazo partido. Fumar aquella cosa nos envalentonó. En pleno colocón fuimos al supermercado en el que yo trabajo ahora. Entonces no era más que una tienda grande de comestibles, la del señor Enrique. Compramos una botella de friegaplatos. Supongo que habíamos borrado a la perturbadora señora Perales de nuestra memoria. Las imágenes siguientes han dejado de ser nítidas. Sé a ciencia cierta que dije Se va a cagar la perra. Luego, sin el menor asomo de duda, vaciamos al completo el contenido de la botella en la fuente pública de una rotonda cercana. 
La espuma no tardó en aparecer y crecer ante nuestros ojos, hasta que su volumen nos amenazó como un espectro. Comenzó a desbordarse por la bañera de la fuente y a recorrer la carretera y las aceras. Un ciclista resbaló tras hacer malabarismos con el manillar al ser incapaz de esquivarla. Dos clientes de una terraza cercana se apresuraron a detener el tráfico como precaución. Un tercero usó el teléfono de la heladería para llamar a la policía. La espuma había formado pequeñas colinas blancas que se extendían calle abajo. Antes de darnos cuenta acudieron varias patrullas, cuyos agentes cortaron la circulación y la desviaron por calles cercanas. Escuchamos palabras como vándalos y gamberrada. Ante semejante despliegue, Mónica y yo estábamos blancas como el papel, observando la escena como estatuas, muertas de miedo, tomando conciencia de nuestra estúpida acción. Incapaces de encontrar algo que hacer con lo que pudiéramos reparar el tremendo fallo, el porro terminó de hacerme su efecto. Debió de darme una bajada de tensión y, sin más, me caí redonda en el suelo. Tendida sobre el asfalto, el llanto de mi cómplice parecía llegarme desde el otro mundo. Una pareja policial vino a auxiliarme. Mi amiga, asustada por mi aspecto, confesó de cabo a rabo lo que habíamos hecho, con droga incluida. Alguien debió de dar el aviso en nuestras casas. No sé cómo, la señora Perales apareció desde ninguna parte, clamando a los cuatro vientos que había sido testigo de nuestros delitos. Mónica se revolvió contra ella, histérica, y la llamó vieja de los cojones. Su padre, que acababa de llegar, le selló la boca con una bofetada. 
Tras ser atendida en una ambulancia y descubrir que no me sucedía nada grave, me dejaron irme a casa. En la cama me asaltaron pesadillas en las que escapaba corriendo, quién sabe de qué. Cuando me desperté, sobre la mesa del comedor el desayuno había sido sustituido por una carpeta llena de denuncias de la policía esperando a ser resueltas. A su lado reposaba una caja de tranquilizantes, que esa misma noche, comenzó a tomar mi madre tras presentarse en Urgencias. La culpabilidad me asestó un golpe tan duro que se me antojó mortal. No pude dejar de llorar el resto del día. No hizo falta que nadie me castigara, me encerré por mi cuenta y riesgo. En algún momento, mi madre entró a verme a mi cuarto. Me miró buscando en mis ojos lo que yo no le decía. Ya no te conozco. ¿Por qué no eres como otras niñas? ¿No quieres que te compre un biquini o ir la peluquería? Sorprendida por esa reacción tan serena, me quedé pensando. Mi cuerpo era entonces para mí un amasijo extraño, un motivo de complejos, no merecía la pena lucirlo con ropa especial. Mi cabello me servía para taparme las espinillas de la frente y poco más. Necesitaba una respuesta, era importante tanto para ella como para mí. No la encontré. No supe qué decir. No dije nada. Hija, qué rara me has salido. Vaya quince años de mierda que tienes. 
Sí, eran quince, ahora me acuerdo. 
La madre de Mónica y la mía se reunieron a la hora del café. Acordaron que debían de romper nuestra amistad. Por su salud mental, porque juntas éramos tan peligrosas como un mechero encendido junto a un montón pólvora. Nos prohibieron volver a vernos. Esta vez no amenacé con suicidarme, aunque dudé de si podría superar un castigo de tal calibre. Para encajar tanta tristeza, por el balcón nos lanzábamos una a la otra mensajes que reforzaban una unión que se remontaba a desde que teníamos uso de razón. No podrán separarnos. Jamás dejaremos de ser amigas. No olvides lo mucho que significas para mí. Llegaban en forma de papelitos enrollados, cuatro o cinco palabras que eran como un sorbo de agua en el desierto durante un ataque de sed. 



MI ánimo me decía que no volvería a pisar la calle, hasta que enviaron a Mónica a un campamento para alejarla de malas compañías como la mía y, a mi madre, le acabé dando pena. Antes de darme cuenta, rodeada por otras personas de mi edad, descubrí que mi hazaña de la fuente, de la que yo tanto me avergonzaba, me había convertido en una especie de heroína. A chicos y chicas que antes no habían reparado en mí, de repente les caía bien. Ahora me invitaban a pipas o me elegían para liderar sus equipos de juegos. 

Mi puesta en libertad coincidió con un concurso de disfraces popular que organizó la junta de fiestas locales. Con mi nueva pandilla, dedicamos mañanas y tardes a debatir cuál sería el disfraz ideal. Queríamos hacerlo en grupo, a lo grande, lo más grande posible. A mí se me ocurrió recrear un funeral. En esa idea cabíamos todos. Plañideras, sacerdote, monaguillos… Quizá porque me había convertido en el nuevo centro de atención entre los míos, mi propuesta ganó por aplastante mayoría. Levanté la mano como loca para atribuirme, además, el papel de cadáver. La guinda del pastel era ponerme un camisón ensangrentado y simular que llevaba un puñal clavado en el pecho. 
Desde luego, el resultado no pudo ser más impactante. No se atrevieron a darnos  el primer premio, sin embargo, quedamos finalistas por votación popular. Mi madre se sentó entre el público para ver el desfile. Una vez que terminó el espectáculo, justo cuando yo celebraba el buen puesto en el que habíamos quedado, se acercó a mi. Muy seria, me dijo que me marchara para casa. Obedecí sin rechistar. En mi fuero interno sabía que algo estaba haciendo mal ¿ser yo misma? Ni siquiera eso se me daba bien. Según me explicó, ya no me dejaría salir el resto de las vacaciones por haberme convertido en la más payasa y la más imbécil del mundo conocido. Esta vez cumplió su amenaza. 
Una tormenta acabó con aquel verano. Luego vendrían otros tan poco afortunados como ese, que quizá encuentre el valor para recrear aquí. Con el paso de los años, muchos de aquellos niños de entonces se han ido marchando. A la mayoría les he perdido la pista. Mónica y yo, una vez en el instituto, nadie pudo evitar que volviéramos a ser inseparables. Un vínculo que nos vimos obligadas a ocultar durante varios años, recurriendo a mil y a una estrategias, encontrándonos a escondidas. Lo cierto es que la prohibición fue un gran estímulo que avivó nuestro cariño. Ella también se acabó marchando, solo que se vio obligada a regresar tras su divorcio, no le quedó dinero para mucho más cuando su ex le desplumó la cuenta bancaria. Yo siempre estuve, le hice caso a mi ex marido sobre lo positivo que sería vivir cerca de las abuelas cuando naciera nuestra hija. Jamás he encontrado una oportunidad para largarme. 

La señora Perales es eterna y sigue entre los nuestros. Quizá, en la actualidad, solo esté algo más encorvada, haya perdido algo de peso y sus mejillas hayan terminado de caerse. Ha cambiado el bastón por un andador y su cabello ondulado se ha vuelto blanco, pero solo porque ha dejado de teñirse las canas. Se lo cuenta a la cajera cada vez que viene a comprar. ¡Dios mío! Acaba de entrar en el almacén del supermercado. ¿Qué coño hace aquí? Ha pasado de mis recuerdos a la realidad, de una forma tan brusca, que me está asustando. Se queja a mi jefa de que los batidos de coco están caducados. Es el único lácteo que acepta su estómago. La escucho y maldigo la hora en la que se los recomendé, esperando que se le indigestaran. Me señala mientras habla porque sabe de sobra que reponerlos es tarea mía. Mi jefa me reprende ante ella, que en su media sonrisa, expresa lo mucho que disfruta aplastándome como a una colilla. Salgo de la estancia para obedecer como la simple empleada que soy. Con mi sola mirada de odio debería de haberla aniquilado, sin embargo, la puñetera sigue ahí enturbiando mi paz. Me cruzo con ella y un par de ideas remueven mi mente: exterminio, aniquilación. Este barrio es demasiado pequeño para las dos.