jueves, 13 de diciembre de 2018

Jaque mate




Esta mañana la señora Perales no me ha abierto la puerta de su casa. Me ha parecido extraño no escuchar, como cada día, el sonido de sus zapatillas arrastrándose por las baldosas. Al mismo tiempo, los ladridos de sus perros se me han antojado aullidos angustiados. Me he preguntado si debería avisar a los bomberos o a urgencias. Entonces he caído en la cuenta de que, a pesar de tantos años de cercanía, desconocía su nombre de pila, que era muy probable que me lo preguntaran los servicios sanitarios. He buscado el dato en el buzón. María Angustias. Leerlo me ha paralizado, que no encuentre nada en ella que me resulte agradable ha sido otra mala señal. ¿Era chunga desde que se concibió su nacimiento en una constelación nefasta o se moldeó tras golpes de la vida que comenzaron con su bautismo? Luego, tras esperar de nuevo unos minutos junto al timbre, me he acabado marchando. He supuesto que lo mejor sería llamarla por teléfono un poco más tarde y, en caso de no recibir respuesta, enviarle un mensaje a su hijo, ella misma me dio el número por si surgía un imprevisto. Me ha parecido que sería mejor opción actuar con prudencia antes de alertar a unos y a otros. Quizá solo estaba en la ducha o durmiendo y no había nadie a quien rescatar.  
De camino al supermercado me he preguntado cómo la llamarían de niña. ¿Mari Angus? ¿Angustias? ¿Mari a secas? No encuentro una forma de pronunciarlo que suene bien en mis oídos. Su nombre ha sido mi última revelación sobre ella. Desde que he metido un pie en su vida he ido descubriendo, por pura deducción, que su pasado no se ha librado de senderos por los que se ha paseado el dolor, marcando sus huellas. La primera vez que entré en sus posesiones tuve la sensación de que viajaba en el tiempo. En su hogar no existe nada relacionado con el mundo actual, ni ordenador, ni tablet, ni smartphone. Lo más cercano al siglo XXI es una vetusta televisión y una radio tan grande como un baúl donde aún se pueden escuchar cintas de casete de Manolo Escobar y Antonio Molina. Si algo te impresiona es que cualquier cosa que mires, brilla hasta refulgir. Cuando digo cualquier cosa hablo de mil y una figuritas diminutas, doradas o de porcelana, con forma de animal, ser humano u objeto. Es difícil de describir, se trata de un universo donde elefantes conviven con molinos de viento holandeses como si fuera su hábitat natural. Atravesar el pasillo es como adentrarte en un templo sagrado donde pocos son los elegidos para ver la resplandeciente luz y a su dios con forma de reloj de cuco. En una de estas ocasiones estuve en su salón. Los recuerdos hablan de lo que tuvieron que haber sido sus viajes a lo largo y ancho de este mundo: una botella de cristal con forma de casas colgantes, una espada toledana, un colorido gallo portugués, un plato con la figura esmaltada de un torero y un oso de bronce trepando en su madroño. 
Sobre la mesa del comedor están dos retratos al óleo de lo que imagino que son sus hijos. Dos espectros que yo diría que nunca la visitan. Justo enfrente, un trajeado señor en blanco y negro te observa encima de la tele: Valeriano, su fallecido esposo. Me costó imaginarla jurándose amor eterno junto a él ante el altar o mimando a sus retoños. No, esa no es ella, ella es diabólica. ¿Existió una tierna mujer debajo de esos hábitos compuestos por un camisón y un batín largo hasta los pies con los que me recibe cada mañana? Lo único que veo es a un ser solitario vagando por su castillo, custodiando un tesoro que apenas tendría valor en un mercadillo de segunda mano. 
Del pasado que ambas compartimos en la misma escalera solo recuerdo al hijo más pequeño, del que tengo su número teléfono, y de eso hace ya un puñado de años. Se llama Mariano. Entonces él ya era un hombre y yo muy pequeña, por lo tanto no es más que una imagen difusa en mi memoria, la de un joven demasiado alto para mí, delgado, moreno y con el pelo acaracolado. Ni una sola vez he sido capaz de preguntarle a Mari Angus por ellos, por si mi curiosidad se volvía en mi contra, pero ¿por qué no he vuelto a cruzármelos jamás? ¿Qué habrá sido de ambos? 
Una vez que he llegado al trabajo he intentado conocer algo más sobre ella hablando con Vanesa, una de las cajeras. Es una compañera a la que nunca le falta laca en el cabello, ni rímel en las pestañas, ni unas largas uñas postizas decoradas con purpurina y brillantes con las que no entiendo cómo es capaz de meterlas en los cajones del cambio sin que le se hagan trizas. Ella es como una cronista oficial, o más bien como si su cuerpo lo habitara la anciana de una aldea que conoce los secretos de cada uno de los residentes y sus antepasados, remontándose a las Guerras Carlistas. Asegura que la mayoría de la información la obtiene cobrando, sin hacer más esfuerzo que poner la oreja. Tal y como esperaba, pronto me ha puesto al día sobre más de una circunstancia. Mari A Secas no tiene una relación cordial con ninguno de sus vástagos. Del mayor solo se ha enterado que se convirtió en testigo de Jehová y renunció a mantener el trato con su católica madre, desapareció sin dejar rastro, al menos para los habitantes del barrio. El segundo se acabó marchando porque se llevaba fatal con ella desde que decidió ser cantante y no encontró apoyo en su progenitora. ¿En serio? Mi madre tampoco movió un dedo por mí, pero en mi caso lo cierto es que yo no creía en mí misma y cantaba fatal, solo que me negaba a admitirlo. Por lo visto, Angus se empeñó en que el chico hiciera méritos para convertirse en militar, como lo fue su padre. Vanesa solo sabe que un día se largó y que, muy de vez en cuando, viene a verla. Ella sí se ha encontrado con ese tal Mariano alguna vez, asegura que es un tipo serio y tan antipático como su madre. No tiene ni idea de en qué trabaja, si cuenta con pareja o hijos. Me quedo pensando en cómo he podido vivir sin interesarme por la historia tan peculiar de mi vecina. También en lo improbable que resulta que alguien se haga famoso llamándose Mariano Perales, aunque bien es cierto que hubo un señor de Cuenca que lo logró con un nombre parecido. 
Han pasado como unos veinte minutos y antes de empezar a trabajar llamo a casa de Angustias. No responde. Opto por seguir manteniendo una actitud cautelosa y le envío un mensaje a Mariano para hacerle partícipe de lo que ha sucedido, antes de actuar por mi cuenta. Por toda respuesta recibo un OK. Me quedo a cuadros. Mi jefa me llama desde el almacén. Cientos de lácteos caducados me esperan para ser retirados de sus vitrinas y repuestos por otros que acabamos de recibir. Sí, irán a la basura por mucha hambre que haya en otras partes del mundo. ¿Podría hacer yo algo por evitarlo? No, porque se me caería el pelo. Guardo el móvil en el bolsillo sin apagarlo como suelo hacer, ya que me quedo con la mosca detrás de la oreja y al tanto de recibir noticias. 
En un santiamén me pongo manos a la obra, soñando que cualquier día me nombrarán encargada suprema del local y seré despiadada con los que ahora no paran de darme órdenes absurdas, pon los vasos con el precio hacia la derecha, ¿acaso le sucede algo al lado izquierdo? Solo son ganas de joder. Atiendo a los clientes con una sonrisa congelada en el rostro y les digo lo que quieren oír, que los flanes están deliciosos, aunque no los he probado jamás porque engordan una barbaridad. Así fue como la señora Perales se aficionó a los batidos de coco y desde entonces me trae por la calle de la amargura. En algún momento le echo un vistazo al móvil, pero el OK sigue en el mismo sitio, sin una palabra que me oriente para saber qué debo de hacer. 
Se han acabado las natillas y coloco más con la etiqueta hacia el lado que me da la gana. Me visualizo histérica, como una ciega armada con una pistola, disparando hacia cualquier voz que me ordene cómo debo ponerlas. Luego vuelvo sobre mis pasos y sitúo los envases hacia el lado correcto. Mi sumisión me arde en la boca del estómago. Sigo trabajando convencida de que ha habido muy pocas revoluciones en la Historia, ninguna nos ha salvado de acatar mandatos sin sentido de nuestros superiores. Ni a los políticos ni a los sindicatos les interesa una desgracia que afecta a la gran mayoría de habitantes del planeta y que podría darle la vuelta a la forma en la que funciona el sistema. Enredada en esa meditación, igual que en un callejón sin salida, sigo empujando un carro repleto de mercancía hasta los topes a lo largo y ancho de mi sección. 
Vanesa me hace una señal desde la caja, como si quisiera decirme algo. Han debido transcurrir más de dos horas desde que recibí el mensaje. Me acerco a ella y compruebo que hay una ambulancia frente a la portería de Mari An (ese nombre me gusta más). Mi presentimiento parece confirmarse. Le pido que me informe de cualquier cosa que vea o de lo que pueda enterarse antes de regresar a mi cueva refrigerada. Algo más tarde, es ella quien acude hasta mí y me explica que el vehículo se ha largado de vacío, por lo que suponemos que, sea lo que sea lo que haya sucedido, no debe de ser muy grave. Hay revuelo en la calle, pero ninguno de los vecinos ni clientes que se ha detenido ante el portal ha descubierto qué ha pasado. Alguien ha escuchado comentar que hay un par de agentes del orden rondando, sin embargo suponemos que no son más que especulaciones calenturientas. El tiempo sigue corriendo. Martín, uno de los carteros, ha entrado a por su bocadillo de cada día. Nos informa de que cuando ha llevado el correo lo único que ha visto en el domicilio de la señora Perales es a dos señores muy trajeados en el rellano, uno de ellos con un maletín. Imagino que uno será un médico y, el otro, quizá el propio Mariano, que aún no se ha dignado a darme ni una triste novedad. Soy como una pieza de ajedrez que se caído del tablero. No sé si debo hacer una jugada entre tanto movimiento o si lo correcto es seguir quieta, avistando desde mi lejana posición. 




Sobre el mediodía descanso para comer. Cambia el turno del vigilante jurado y entra Antonio, un joven que tiene todos los bíceps en el lugar que le corresponden y al que no le tiembla un solo músculo ni el tupé que luce sobre la frente. Nos avisa de que acaba de subir a casa de Mari An un grupo de siete u ocho hombres. La inquietud me corre por las venas como las ganas de fumar. Me aguanto y me como un aburrido bol de ensalada. El reloj sigue marcando las horas pero esos hombres siguen dentro del piso y no parece que tengan intención de marcharse. ¿Qué estará pasando? Vuelve la ambulancia y una multitud se agolpa en la acera. 
La actividad del supermercado se paraliza cuando dos camilleros irrumpen en la calzada transportando un cuerpo dentro de una bolsa de plástico. Una punzada fría en el pecho apenas me deja respirar. La gente habla sin saber muy bien sobre qué, cómo y cuándo ha pasado. Lo único evidente es que la señoras Perales ha muerto. 
Tras unos minutos de desconcierto, mi jefa nos pide que regresemos a nuestro puesto. Compruebo que el OK sigue en el mismo sitio. Dejo de mirar el móvil. Las botellas de nata para montar me tiemblan en las manos mientras las coloco. Me dirija hacia donde me dirija, hable con quien hable y haga lo que haga, Maria Angustias se ha convertido en la protagonista del día y no hay otro tema de conversación. No digo nada, estoy conmocionada y mi corazón palpita a su antojo, sin un ritmo definido. Trato de dejar las reflexiones para cuando salga de trabajar y me tumbe en el sofá. Me resulta imposible, la sola visión de los batidos de coco me ahogan. Lloraría y trato de contenerme para no montar un número innecesario ante los demás. 
Es casi la hora de cerrar cuando observo a mi jefa dirigirse hacia mí con cara de perro guardián junto a cuatro hombres que no me gustan un pelo, hay una altanería en su manera de caminar con la que me expresan que no vienen a comprar. Cuando están ante mí se identifican como agentes del Grupo de Homicidios de la Comisaría Sur. De todas esas palabras solo he retenido Homicidios. Me piden que me identifique y voy al almacén a buscar mi bolso y mi carné de identidad. Actúo sin pensar con claridad. Uno de ellos mira el documento y luego me observa, como si fuera consciente de que la foto no me hace justicia. Una voz que me parece que me llega desde otro mundo me dice que estoy detenida y que debo acompañarlos como sospechosa de la muerte de la señora Perales. Mi pensamiento es una mancha negra. Siento que acabo de arrojar mi alma al fondo de un oscuro pozo, como si fuera una pesada piedra. La figura que avanza junto a los policías buscando la salida, ya no soy yo, el miedo me ha convertido en otra cosa.